Entramos al campo de pelota alrededor de las diez. Fue sobre esa hora, porque cuando salimos de la escuela eran más de las nueve y cuarenta. Llevábamos casi una hora de viaje y la tensión me hizo sentir como si hubiese sido más tiempo. La loma colindante con los jardines estaba polvorienta y con cascajos por muchos lugares. Todavía yo tenía un ligero calambre en las pantorrillas, y los testículos me dolían. Nané me miró varias veces mientras caminábamos. Como si le hubiese faltado algo por decirme. Como si lamentara no haber hecho más. No se veían estrellas en el cielo. Tan sólo las luces amarillentas de los carros cuando pasaban por la carretera del túnel. Se oían los grillos entre la maleza, y el retumbar más cerca de los tambores. Los repiqueteos de las manos en el cuero, y los de una campana o algún objeto metálico opacaban el resto de los sonidos.
Atravesamos por el jardín central con la yerba por encima de los tobillos. Lo hicimos en absoluto silencio. Expectantes ante la algarabía del bembé, entre la oscuridad de la noche. Ya estábamos más cerca de aquel lugar. Aunque en ese momento no pensé que fuera tanto. De pronto, Nané se volteó y sus ojos se quedaron clavados en mí. Su cara expresaba un deseo indefinido. Una especie de impulso con tristeza, como estuve yo minutos antes. Pero la forma en que ella lo hizo me alarmó. Piti, al darse cuenta se detuvo.
 –Nané… –Le dije, pero ella no abrió la boca–. Piti entonces fue quien preguntó.
–Nané… ¿Qué te pasa?
Yo creía saber lo que le sucedía. Después supe que no. Que fue otra cosa. No podía ir contra sus instintos. Los arranques repentinos y misteriosos que desde niña tuvo. Sus señales. Suspiraba sin apartarme la vista, con los ojos humedecidos, sin lágrimas. Por lo menos no con gotas corriéndole por las mejillas. Parece que ella había llegado al límite de su capacidad de aguante. Demasiada tensión acumulada para un solo día. Una noche apenas. Primero pensé que era un ataque de miedo por verse en aquel monte, avasallada con el ruido de los carros en el túnel y los gritos de la gente en el bembé. Lo digo porque yo también sentí algo similar en la casa de Mama Cuca. Y después en el cementerio. El corazón se me disparaba en momentos así. Pensaba que me faltaba el aire. Notaba un dolor punzante en el estómago y una especie de peso en la cervical.
Por eso, al principio creía que se trataba del miedo, y la reacción que tenemos los seres humanos ante él. Una reacción instintiva para no desmayarnos con la impresión o morir de un infarto. Eso pensaba yo; pero no. Había algo más detrás de aquella cara perturbada. Algún tipo de conexión más profundo con el lugar donde estábamos, y lo que fuimos a hacer allí.
Cuando me detuve a observar lo que ella hacía con un brazo, y a intentar leer los movimientos de sus labios, fui comprendiendo mejor. Primero fue muy poco. Todo se concatenó al final. Las confusiones en mis ideas se apaciguaron. Me sentí más tranquilo por un instante. Hasta que terminó de persignarse y rezar un padre nuestro.
– ¡Dame la caja! –Me dijo con una voz autoritaria. Ya sin un reflejo de tristeza. Con una determinación total.
–¿La caja? –Pregunté ajeno a sus intenciones.
–Dame la caja –repitió–. Piti, medio confundido exclamó: –¿Es aquí Nané?
Ella lo miró, movió la cabeza en señal de afirmación y luego volvió a enfilarme la vista. Aún tenía lágrimas en los párpados.