–Dame la caja, Pocho –Yo no entendía absolutamente nada–. Pero debes saber que en la vida hay muchas cosas que no entendemos. Me quité la maleta. Miré a Piti intentando encontrar alguna respuesta. Él reafirmó con un gesto la decisión de Brenda. Entonces la miré, en tanto apretaba los botones de los cierres. –¿Qué vas a hacer? –dije abriendo la tapa que tenía dibujada el avión supersónico y el globo aerostático.
–¡Dame la caja! –Gritó Nané, como una madre cuando ve que su hijo corre un peligro inminente–. Yo no volví a preguntar.
–¡Dámela! –Irrumpió de nuevo estirando los brazos.
–Toma –le dije asustado–. Ten cuidado Nané.
Pero ella no podía escucharme. Ya tenía fijado en la mente lo que íbamos a hacer allí, en aquel terreno descuidado, detrás de la segunda base. Es decir, lo que fuimos a desenterrar y meter en aquella caja de cartón. El cajón que ella misma forró con esponja, y me hizo guardar hasta que le hiciera falta.
–La cuchara de albañil –le pidió a José Enrique.
–No. Déjame hacerlo yo –dijo Piti arrodillándose a su lado–. Los dos empezaron a cavar. Primero Nané con las manos. Después él. Yo seguía sin entender. Temía por el cambio inesperado de Brenda y lo que fuera a salir de aquel hueco. Ellos se veían decididos a encontrar lo que buscaban.
–Es aquí –decía Nané–. Tiene que estar aquí.
–Si. Eso es lo que dice la carta –contestó José Enrique–. Y a la tenue luz de su linterna y el reflejo de los autos, sus rostros parecían atormentados. Me pareció como si hubiesen estado conectados con otros espíritus. Con algún tipo de energía que yo sentía alrededor de nosotros desde que Chiló nos dejó. No eran ellos. Tenían más fuerza, otras ganas. Algo tenían ellos que me faltaba a mí. Tal vez era al revés. Quizá fue el miedo. O la falta de fe. Yo divagaba por los fríos pasillos que el universo reserva para los ateos, o para los pendejos. O para los dos… Yo estaba entre ellos, parado allí sin atinar a ayudarlos, esperando a ver una muestra del infierno, preocupado por Nané, por todos nosotros. Al cabo de un rato, también me tiré a sacar tierra. No había vuelta atrás. Iba sofocando los pensamientos con los movimientos del cuerpo y el sudor. Brenda permanecía enfocada. Piti sin hablar. Yo los veía. Los miraba y luego volteaba la vista hacia el hoyo. Metía las manos embarradas de tierra, con las uñas sucias, la mente desenterrando ideas.
Seguía arrodillado junto a ellos, cavando, sin pensar demasiado. Al menos intentándolo. Luchando contra la idea de estar a esa hora en mi cama, durmiendo en calzoncillo y sin camisa. O haciéndome un agua con azúcar, viendo la pelota con mi tío, o en la escuela con Nané. Sobre todo, me encontraba con ella, en el minuto que rozaba su blúmer. Antes que me preguntara si la quería.
Esos eran mis deseos, simples divagaciones en un mar de tormentos. No era la realidad. La que vivía en el instante en que cavábamos los tres en medio de un campo de pelota, como si fuéramos unos locos fugados de San Luis de Jagua (El hospital psiquiátrico provincial).
Yo cavaba por el impulso, porque había que hacerlo, por el que dirán. Sinceramente, a esa hora no pensé en Chiló, ni en su resurrección. Sacaba tierra por Nané, por ayudar a Piti, para que no me descubrieran. Estuvimos como media hora buscando. Ya me dolían los dedos. Se me había hecho una ampolla en el índice izquierdo.
Nané escarbaba con la punta de la cuchara para sacar una piedra, cuando vi la luz de la linterna reflejarse en una cosa.
–¡Ahí está! –Exclamó Piti–. Nané lo miró y sonrió. Luego cavó con más fuerza. Clavaba la cuchara constantemente en la tierra. Sin detenerse. Y mientras lo hacía aquel objeto iba tomando una forma indefinida para mí. Estuvo ahí, enterrado por quien sabe cuánto tiempo, esperando por los desquiciados que vinieran a sacarlo. Y me preguntaba ¿por qué? Por qué tuvimos que ser nosotros los que quisimos comprobar si la historia de Caballín era cierta. Y empezamos a atar cabos sueltos. Y apareció la carta como por arte de magia, y dimos con la copa, y después con eso.
Cuando Piti la sacó y la puso sobre la yerba, entre nosotros, dije:
–¿Y eso qué es? –Nané forzó una sonrisa.
–Fíjate bien –me dijo–. A que se te parece.
Yo no encontraba sentido a tanta rareza. Entonces Piti la cogió por dos de los huecos que tenía, y poniéndola frente a su rostro preguntó: –¿De verdad que no sabes? –Mi cara de asombro hablaba por si sola. El cerebro empezaba a cuestionarme algunos elementos de la aparente realidad.
–No, no sé –le contesté con los hombros encogidos.
–Mira, mira bien –dijo él con cierto aire de arrogancia en su voz.
–¡Que no sé compadre! ¡Te dije que no sé!
Brenda se la quitó a Piti de la mano, terminó de limpiarle los restos de tierra que tenía, y cuando la metía en la caja sentenció:
–Esta es la máscara de Caballín.