No sé si podré
transmitirte lo que pasó allí, cerca de la casa, ¡con tanta gente! Pero al
menos voy a intentarlo. Demasiadas energías fluyeron en aquel lugar para
dejarlas pasar. Un torrente transformado en cornetas que no paraban de tocar. A
veces de una forma insoportable. O en los carros, motos y bicicletas que
llegaban con la insignia del anfitrión. O en la bulla y el ambiente. Varias
guaguas transportaban seguidores del bando contrario. En uno las ganas de
revivir las emociones pasadas. Para el otro el sueño de alcanzar la gloria
nunca antes vista.
Mientras,
la gente caminaba hacia el centro del espectáculo. Parecía que corrían
para entrar. O al menos intentarlo. Era una empresa difícil. Más después de las
seis, cuando entramos nosotros tras no pocos empujones, y la cargada de Isabel.
A ella hubo que subirla por encima de una cerca para entrar. Fuimos cuatro y
entramos todos, a pesar de las barricadas, los gritos y los perros. Y las
cornetas. Las dichosas cornetas, que para colmo hasta Isa sonó. Ella la tocó y
saltó varias veces, para formar parte también de la "acción". Todo
empezaría dentro de poco. El ambiente se calentaba. En apenas dos horas.
Cuando alguien
salía al terreno, de un equipo u otro, la ovación era inmensa. Descomunal.
Tambores y arengas por los cuatro costados. En lo alto de la pizarra el ondear
de la bandera, a pesar de la noche, ella seguía ahí donde estuvo desde
temprano. Para indicar quienes somos y de dónde venimos.
Durante un rato
la música se sumó al alboroto. Después, cuando salieron los Industriales a
entrenar, se unieron las luces de celulares y los aplausos. Un montón de
aplausos con un bullicio impresionante. Faltaba menos para el arranque. Apenas
unos treinta minutos.
Pasaron otros
diez y apareció un animador tras el paso de una manada de muñecos-leones, la
mascota azul. Parecidos al felino inflable puesto en el jardín central para
agarrar los jonrones de euforia con su corona de rey.
Auténticos
estuvieron los humoristas que actuaron luego. Recordaron el coma por veintiocho
años de uno, tras un pelotazo extraviado. Y casi seguido la ola, o mejor
dicho el tsunami de brazos que motivó el otro con sus palabras. Junto a ellos
la comparsa y los guaracheros, pregonando "bajanda para el que se porte
mal". No creo que nadie allí fuera a hacerlo porque la guardia era
intensa. -No puedo sacarla ahora, ahí está el policía -oí incluso cuando le
gritó un muchacho a otro-.
A Isa en un
santiamén se le pegó una amiguita. Todavía me pregunto de dónde salió. Lo
cierto es que se le despegó poco. Jugaron con el celular, bailaron con los
rumberos, y claro, tocaron la cornetica.
A las ocho y
veinte comenzó la historia principal. Son presentados los equipos y el grupo de
árbitros para impartir justicia. O lo que de ella pudieran apreciar. De
repente, nuestro Himno Nacional y la solemnidad del estadio. Cerrando la última
estrofa rompió el bullicio, los silbidos y los aplausos. Isa me miraba mientras
los capitalinos salían al terreno. Tal parece que estuviera impresionada. Pero
luego sonrió, y dio una palmaditas.
Los predios
camagüeyanos empezaron a moverse. Bateaban los toros en el inicio del primer
inning.
-Como está esta
olla aquí no hay na pa' Camagüey -dijo una mujer sentada frente a mí-. -Lo'
míos tan inpiraos -concluyó-. Mi suegro dibujó una sonrisa en la comisura de
sus labios al escucharla. En tanto, la suegra maldecía el hit que le dio
la carrera inicial a los visitantes.
- ¡Este lo que
se amarilla! -profirió un muchacho señalando al pitcher local-. El bateador
siguiente se ponchó. Cuando Industriales fue a la ofensiva, la cosa se puso
buena. Y empezó el ¡oeee, oe, oe, oe...! ¡Oee, oee...! Y la algarabía. Y
Cepeda, como si no fuera suficiente, metió un jonrón para empatar el juego.
El Latino se estremeció. Pero en el tercero Lesli Ánderson despachó otro
vuelacerca con uno en base. El choque se ponía tres por una. Y en el sexto
otras dos. Un doble y otro hit fueron el detonante para una lamentación
prolongada. No aparecía la respuesta azul y el juego avanzaba. Un aura de
intranquilidad estallaba en las gradas.
Mas, los leones
respondieron al cierre de ese propio episodio. Cepeda nuevamente se vistió de
héroe e impulsaba una. ¡Si se puede! ¡Si se puede! ¡Si se puede! Coreaban miles
de voces. Y en eso el batazo de Samón para traer dos más. El estadio quedó
hecho un manicomio. El juego, cinco por cuatro.
No obstante, en
la alta de la séptima la dupla Ayala-Ánderson fabricó otra para los toros de la
llanura. Algunas simpatizantes de Camagüey aprovecharon para bailar, entre
risas y frases provocativas: ¡Arriba los toros! ¡Arriba los toros! Les duró
poco la alegría. Bases llenas cerrando la entrada de la suerte. Dos out y
Estayler empuña el madero por los Industriales. El público de pie, mirando a un
lado, hacia el otro. Filmando el momento que pudiera ser decisivo. Lo que pasó
fue sencillamente eso: un caos. Cañonazo de Estayler manda dos carreras para el
plato y el choque se empató. No podía ser mejor el preámbulo hacia la parte
final.
En las postrimerías
no cedieron ninguno de los dos conjuntos. Los toros embistieron con tres más en
el octavo. Ayala y Ánderson de nuevo torturaron a los habaneros. Estos, en
tanto, respondieron con dos indiscutibles seguidos sellando la entrada. Esta
película era pura adrenalina y suspenso. Y como si fuera poco, llenan las
bases. Y para ponerle la tapa al pomo. Para elevar el clímax hasta el máximo
permitido, hacía entrada lentamente, con dos out, Frederic Cepeda. El hombre de
tantos números y hazañas. El gallo fino. No falló. Dio una línea entre primera
y segunda que trajo dos para los de casa. A la hora buena. Nueve por ocho
indicaba la pizarra. ¡Qué juego de pelota! Exclamaba un comentarista en la
radio. Luego, el elevado de Samón por el cuadro enmudeció los predios.
Los parciales suspiraron. Algunos se contrajeron, uno invocó a su madre, otro a
los santos. Varios se alegraron en silencio. Sólo pocos festejaban sin vacilar.
La verdad fue
que así llegamos al noveno inning, la entrada de la verdad, el ahora o nunca para
ambos. Ahí Camagüey no hizo casi nada y el marcador quedó inamovible. En la
parte baja, Dayán García abrió por los azules y no pudo embazarse. Pero Alomá
pegó un hit. Después, el doble play protagonizado por el lanzador agramontino y
su expresión de cubanía que no podría repetirte.
Hasta aquí las
clases. Los leones no pudieron rugir en el primero de la semifinal. El estadio
tampoco. Muchos se fueron cabizbajos, desalentados, preocupados. Nosotros,
quizás por nuestra procedencia, nos reímos tan sólo. Quizá fue porque logramos
divertirnos con lo que al cubano le apasiona. Con eso que es parte indiscutible
de nuestra identidad: la pelota.
Hacía bastante
no veía un espectáculo así, con tanta gente unida tras un sueño.
No lo dejes
morir.


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