Lo que vi hoy
me llamó mucho la atención. Sobre todo, por la forma como vino: camuflado en
una parte de lo que más quiero. Era como el regalo envuelto con un papel
diferente; si es que a tamaña envoltura puedo compararla así. El papel tiene
una historia por contar, una todavía no escrita. Ella también. Todos somos un
papel en blanco -como dice la canción-, o a medio escribir, o emborronado por
los rasgos bifurcos y la goma que nunca llegó a hacer completa su tarea.
Ojalá hubiera
una que acabara con esos pensamientos retorcidos en la cama, o mientras llueve
y tú estás solo, mirando a la nada desde la ventana. ¡Ojalá!
Pero siempre,
por mucho que te empeñes e intentes borrar hasta el cansancio, nunca olvidas
por entero. Quedan marcas en la hoja del cerebro. Vestigios de lo que hiciste
con el lápiz de tus días. Por eso pienso para escribir, y sé que no podemos
andar con demasiada cautela ni preocupados con cada detalle. Ningún extremo es
bueno, y respirar es arriesgar -como también dice otra buena canción-; pero tu
papel, como casi todo en este mundo, envejece con el tiempo. Y un día quieras o
no, llegamos a la curva final. Y fíjate que dije "curva", porque
pocas veces vivir es una recta. Menos, al final. Entonces inevitablemente lo
que quede o no escrito ahí, depende de las decisiones tomadas y lo que pudiste
hacer de ti. Otra cosa muy distinta es que después te lean: que te recuerden.
Por eso digo
que hoy vi algo importante para mí. Una dicha fascinante por la forma
como apareció: entre mariposas de colores revoloteando las flores de su
pecho. Lo vi en la blusa de Isa: una frase. Una en inglés, como la avalancha de
subliminalidad que nos arrastra en el presente. "Be yourself" podía
leerse. Aunque yo la prefiero en español: "sé tú mismo".


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