No se puede controlar el latir de la impresión. En
la mano llevas un micrófono. Su base tiembla. Tú sostienes fuerte, lo aprietas
intentado acorralar al viento. La brisa no tiene control. Tampoco la expresión
de tensionarte. Arrancas asÃ: ¡rÃgido! El auditorio que interpreta los sonidos
del mensaje, te observa. Un aura inquisitiva se apropia del lugar. Cada espacio
es un pretexto para elevarte o caer. «Relájate muchacho!», me escucho adentro.
«Relájate», la voz es más suave ahora. Me habla como si fuera mamá.
Entonces,
encuentro la forma y libero la intención. Todo fluye mejor. Cuando logras
conectar señales con hechos en concreto, como si se juntasen los labios de dos
bocas distintas, todo fluye. De ahà surge algo impresionante. Como el coito
inicial de la virginidad. Los nervios se aligeran. Se elevan las ideas. Después
que el hielo rompe con las frases iniciales, cae el muro de temores y la magia
se expande. Quienes conversaban, enfilan la mirada. Otro empina la cara, con
una mano en la barbilla. Se callan los murmullos. Es un sólo discurso. Eres tú
hacia el horizonte, sin los frenos del temor. Desaparecen los fantasmas: el
ridÃculo acechante en todas las salidas. Cargas con él adonde vayas. Pero no le
temes al espectro. Importa el corazón.

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