La alarma suena en un reloj. Debo desprenderme a escribir algo para ti. Son las cuatro de la tarde y no quiero el paso de un día sin poderme comunicar contigo. Transmitirte la percepción de lo que filtran mis sentidos. La parte que alcanzo a perpetuar en el papel. Es la forma que encuentro para estar más cerca. Mi manera: escribiendo el sentir de lo que soy. Sólo media hora para cambiar la rutina de trabajo, buscar concentración y enfocarme en un tema. El instinto me auxilia mucho en estos casos. Una especie de luz, como el foco de un auto en medio de la noche que aparece repentinamente, y desaparece a toda velocidad. Eso es, debes estar muy atento para cuando pase una idea con potencial puedas captarla y te sirva de arrancada.
Hoy fue el reloj de Yosvani: un amigo de trabajo. Su alarma cuando sonó. Él, por supuesto no se dio cuenta. De seguro no lo hará hasta que lea estas ideas. Supongo que va a reírse. Mañana lo sabré. También podré conocer, quizás, si supiste que este texto fue una especie de auto narración. El clásico ejemplo de mi rutina creativa. No pocas veces es así, presionada por el tiempo y los acontecimientos. No cuentan planes ni propósitos de literato nobel. Prima más la actitud para estos casos. Los deseos y el olfato de querer hacer más con las letras para llegarte. Eso es esencial. Si pierdes el ritmo te desentrenas. Dicen que escribir es un arte. Sí, el arte de endurecer los músculos del pensamiento ordenado. Ejercitar sistemáticamente el cómo convertir una masa amorfa de ideas, en ocasiones hasta discordantes, en un texto lo más coherente y fluido posible. Una historia verosímil.
No es tan sencillo. Yo le quitaría el «tan». Incluso cambiaría «sencillo», por «complejo». Otras categorías como: don o creatividad, te las dejo a ti. De hecho, ya debo despedirme, ha pasado el tiempo y me cierran la empresa. Mañana, no lo dudes, tendrás más sobre mí.