Hemos llegado al punto
de no saber diferenciar
cuál es nuestra cara
y cuál la máscara.
Ni por qué usamos tanto
la segunda
ante la impotencia
que padece demasiado
la primera,
sin el consuelo
de poder reconocerlo.
O peor,
no hacer algo para cambiarlo.
Hemos llegado al punto
de no saber diferenciar
cuál es nuestra cara
y cuál la máscara.
Ni por qué usamos tanto
la segunda
ante la impotencia
que padece demasiado
la primera,
sin el consuelo
de poder reconocerlo.
O peor,
no hacer algo para cambiarlo.
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