Ella se nos va

irremediablemente.

Quizás antes

de lo que pensamos.

Como un golpe

súbito, fuerte,

sin retorno.

Y nada ni nadie

puede detenerla.

Ella sí nos convida

mientras podamos

o no sea tarde,

demasiado,

a que vivamos

su tiempo perfecto,

como nacimos,

dichosos,

libres,

sin miedos.