Navegar no es para débiles.
Necesitas mucho coraje
para enfrentarte al peligro
desatado por las olas.
Las olas embravecidas
de un océano revuelto, brutal.
Esas que aparecen entre la niebla
de una noche sin luna ni estrellas,
haciendo aguas tu barco.
No es difícil chocar con ellas.
Tarde o temprano pegarán
repetidas veces en el mástil,
tu proa, las velas.
Lo hacen con el rugir del viento,
el ruido de los truenos,
la luz de los rayos.
Y es tanto, pero tanto el miedo,
la posibilidad del desastre,
que si no puedes controlar
el timón de tu mente
terminas cuando menos
sometido al naufragio
de una duda tormentosa.

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