Camino a la oficina

como otra mañana cualquiera

con la rutina de un día más.

Y aparecieron ellas.

Llegaron sin hacer el mínimo esfuerzo

por querer encontrarlas.

El nombre de la calle: LIBRES

lo vi de repente

mientras cruzaba el tráfico

infernal de una capital.

La flecha en verde del semáforo

unida casi al instante

en una imagen innegable

con ese cartel azul

de letras blancas, mayúsculas,

en una tienda de construcción: CAMBIO.

Y para cerrar el bloque

revelador de ideas matutinas,

unas cuadras después,

ahora más dispuesto

a levantar cualquier señal

apareció, con total naturalidad,

con ese misterio único

del universo circundante,

la avenida: BLANDENGUES.

Más adelante estaba el trabajo.