Fueron tus propios actos

los que me alejaron de ti.

No entiendo cómo pasó tanto

para sentir el desencanto.

O lo viví desde antes, pero quise confiar.

Quizás lo supe siempre, pero me faltó valor.

 

Años de promesas e ilusión.

diluidos con el tiempo envejecido

que me arruga el deseo confundido

de encontrar refugio en esta guerra.

 

Ya no creo en ti

ni me interesa verte enfocado

con ese verbo enquistado

en la mente de aquel náufrago hundido

por el mar de tus palabras.

 

No quiero entregarte más

El futuro que me queda enfrente.

Vuelve a ser mío el presente.

El pasado es la lección sufrida.

 

Aprendí con el engaño descubierto,

los sueños cambiaron y este duro,

¡durísimo golpe de creencia herida!

que la idea de justicia concebida,

vendido virilmente y con pasión

no pocas veces termina disfrazando

a los hechos que alimentan la opresión.

 

Saber que fueron mis propios pasos

los primeros en dudar de tus abrazos,

la mirada encantadora, esa risa en calma

entre la barba canosa y el ego de tu alma,

me hace sentir dichoso por haber despertado

del hechizo que usaste para enterrar

a tantos vivos en sus tumbas de impotencia.

 

No intentes confundirme de nuevo.

porque ya no creo en ti.

Tu retórica de conciencia verde

no tiene más cabida en este asfalto gris.

Tu poder de persuadir se rompe,

cae como la venda en los ojos

con el rugir de un estomago vacío

y el cerebro cansado.

 

La necesidad no deja que el corazón se engañe.

Ahora solo creo en mí, en lo que soy

y en lo que seré adonde voy

sin que a nadie dañe.

Lo hago por mis hijos.

 

¡Lo hago por mis hijos!