“El arte supremo de la guerra

es someter al enemigo sin luchar”.

Sun Tzu

 

Hay dos formas de subyugar a un país. Una es con las armas, la otra con la deuda. Y ambas pueden ser manipuladas por un único control: el mental. La comunicación es cada vez más amarillista, y se esfuerza en conquistar la sociedad. Hacer de ella lo que los poderosos quieran. Existe una batalla global por la mente humana. Nos engañan desde las televisiones y redes sociales, que muchas veces dicen lo mismo. Quieren convencernos y hacer callar al que cuestiona y critica desde argumentos sólidos. Las imágenes y opiniones que se exponen en cualquier canal o plataforma no son casualidad, en no pocas ocasiones juegan con los sentimientos. Esta es la guerra actual, más compleja y sofisticada que cualquier otra en la historia. Se libra en el campo de batalla mental. la e

Se trata de gobernar sin luchar. Incluso, pasó a ser más importante que los conflictos con armas de fuego. Uno de sus grandes poderes es que no sabemos lo que está pasando en el propio campo de batalla, condicionando nuestras opiniones, criterios y acciones. Al final, el objetivo esencial es influir sobre nuestras mentes, que es además el punto más débil del ser humano, por su facilidad de manipulación tanto en el mundo real como el virtual, en el que cada vez estamos más inmersos. El punto de unión entre ambos mundos es esencialmente ese, nuestra mente. Y la forma más precisa de hacerlo es en colectivo. El ser humano es mucho más fácil de engañar como parte de un grupo, que por separado. Pueden existir algunos alertas que individualmente no dejan engañarse, pero el condicionamiento social les impide alertar y darle un punto de vista distinto a los demás. Por el contrario, pudiera ser enjuiciado debido a esta causa. Con las tecnologías actuales la capacidad de influirnos para condicionar psicológicamente es mayor. El binomio cerebro-mente rige todo el funcionamiento de nuestras vidas. Estamos hablando de los pensamientos, los sentimientos, las decisiones, las cuales se hacen actualmente de forma universal e instantánea. El nuevo geo-poder ya no solo depende de la ubicación geográfica donde se encuentren las personas para incidir sobre ellas, sino que la hiper conectividad en internet permite hacerlo desde cualquier parte del mundo.

Por supuesto, deben existir un grupo de condiciones previas para que las sociedades sean susceptibles al control mental. Una de las más usadas es a partir de las grietas económicas y políticas que pueda sufrir cualquier sociedad para desinformar. Debemos aclarar que desinformación no solamente es dar una información contraria a la real. Omitir sucesos verídicos, ofrecerlos parcialmente, o hacerlo desfasados ​​​​en tiempo y contexto también forman parte de esta cuestión. Las creaciones de sensaciones falsas y cámaras de eco, son algunas de las técnicas y operaciones de influencia más utilizadas para el control mental. Otra táctica que sigue funcionando muy bien es el lenguaje que usamos para sembrar mensajes condicionados entre la población, teniendo referentes distópicos importantes como las novelas “1984” de George Orwell, donde acuñó expresiones que seguimos usando cuando los gobiernos adoptan tintes totalitarios, como la «neo-lengua», los «dos minutos de odio», el «gran hermano» o la «policía del pensamiento». También, sin duda, las otras dos distopías clásicas: “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, y “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, tienen una gran relevancia. En la primera se presenta una sociedad sin libros, sin significados ni explicaciones complejas, la gente vive en permanente estado de entretenimiento, controladas, sin saberlo, por un gran hermano omnipresente en grandes pantallas que ocupan paredes enteras, por una constante música plana   y   por un hervidero de noticias inocuas que ocupan los días pero no alimentan la mente ni la hacen crecer. En tanto, “Un mundo feliz”, el escenario que dibuja parece, al menos desde el punto de vista de quienes viven en él, todo lo contrario: una utopía. Las guerras han terminado. Las personas viven vidas desenfadadas. La tecnología ha alcanzado un desarrollo tan avanzado que, aunque sigue habiendo divisiones sociales, los que deben realizar las tareas más peligrosas o desagradables han sido previamente condicionados para disfrutarlas. Todo esto de seguro nos suena bastante familiar en la actualidad. Pero, lo más preocupante es que la realidad donde estamos viviendo va más allá que las ficciones escritas en estas novelas. Y de seguro vendrá mucho más.         

Cuando a una sociedad se la convence de que pende sobre ella una amenaza contra su existencia o el orden establecido, se genera un mecanismo tendente a crear y/o reforzar la solidaridad entre sus miembros y la subordinación a la clase dirigente, así como a la aceptación de excepcionales medidas colectivas que jamás hubieran consentido de otro modo. Pensamos que somos libres, que podemos elegir de forma autónoma nuestro destino, nuestros gustos, nuestra forma de vestir o de comportarnos, lo que comemos o a qué dedicamos el tiempo libre, pero estamos permanentemente inducidos a adoptar acciones, decisiones y actitudes condicionadas por quienes controlan el poder para enrumbar el rebaño. Con creciente sutileza, los que deciden por nosotros nos imponen formas de vida, modelos sociales e ideologías, de modo que quedamos sometidos a sus designios.

El objetivo último es que las personas ya no crean en nada, ni en las vilipendiadas democracias con sus instituciones, ni en los sistemas autoritarios con sus imposiciones. Y como bien sabemos, sin creencias, sin ilusiones ni esperanzas la vida se vuelve un laberinto asfixiante. Pierde sentido la existencia, terminando por destruir a todo aquel que no aguante tanta presión e inseguridad. El arte supremo de la guerra moderna, es lograr que la parte más débil y pobre de la humanidad, su gran mayoría, no siga dando problemas a la nueva plutocracia, y termine desapareciendo porque ya no son necesarios para ellos. Depende de nosotros, de los que seguimos formando parte de los pobres materiales, que no terminarán exterminando nuestra riqueza mental. Estamos obligados a ganar esta guerra, si queremos vivir.