La inteligencia humana se desarrollaba a partir de tres pilares: aprendizaje, pensamiento y autocorrección. Hablo en pasado porque ahora estos procesos se alteran. Precisamente, este fue el método que la Inteligencia Artificial emuló. La IA pudo abaratar, agilizar y escalar multitud de producciones basadas en estos principios de funcionamiento. Entre sus beneficios destacaban la satisfacción al cliente, la seguridad, la automatización de la producción y la mejora sustancial en la toma de decisiones. Todas cartas de presentación muy convincentes para ser aceptadas. Al principio surgieron con ella nuevas formas de organizar los medios de producción. Los robots disponían de autonomía a la hora de ordenar el trabajo y la seguridad del mismo. Más adelante, sus algoritmos superaron marcadamente la inteligencia humana. Se optimizó a un ritmo muy difícil de igualar con el Machine Learning y el Deep Learning. Ambos sistemas de aprendizaje partieron de la parametrización y análisis sistemático de la mayor cantidad de datos posibles. Sus primeras plataformas de alimentación fueron el Internet Clásico y las redes sociales. El nivel siguiente se concretó con las IoT, las Smart City y el Metaverso. En este último, el volumen de datos y detalles humanos se ha incrementado a un nivel tal, que la IA alcanzó un estado de inteligencia sin precedentes. Dicha situación llevó a sustituir una enorme cantidad de fuerza de trabajo humana. Al mismo tiempo acrecentó los niveles de pobreza y desigualdad para todos aquellos que no tenían la suficiente inteligencia, o capacidad de acceder a puestos de trabajo más cualificados o, por el contrario, en áreas totalmente nuevas. El hombre se vio obligado a buscar nuevas formas de subsistencia. Esto pasaba necesariamente por volverse más eficiente y competitivo que las máquinas. Los seres humanos fueron obligados, quizá sutilmente, a convertirse también en robots para ser más competitivos. Así fue cómo llegamos a este punto máximo de alineación. Apareció cuando las máquinas comenzaron a pensar y sentir como humanos, y los humanos empezaron a programarse como computadoras, con los microprocesadores fotónicos implantados, las lentes de realidad virtual, y otros dispositivos que aumentan la velocidad de procesamiento antinatural. Como resultado, se obtuvo una fuerza productiva muy segura, eficiente y sobre todo controlable y sin conciencia. Este fue el momento donde prácticamente dejó de existir independencia y humanidad en el comportamiento de nuestra especie. Actualmente todo permanece perfectamente sincronizado. La Inteligencia Artificial se vuelve una realidad mucho más compleja, alimentada principalmente con los datos del Mundo Virtual. Ambos se complementan. Con ella ocurrió inicialmente lo mismo que está sucediendo ahora con el Metaverso. En el primero se volvió difícil delimitar cuándo estábamos interactuando con otro ser humano o una IA. En tanto, con el segundo pasa que se ha llegado al estado donde muchos no saben distinguir si están inmersos en una experiencia real o virtual. Bajo estas condiciones, el Test de Turing, creado por el matemático Alan Turing en mil novecientos cincuenta, empezó a usarse mucho más. Este permite determinar si una máquina posee inteligencia real o no. Consiste en que, por una parte tenemos una persona y un ordenador. Del otro lado está el interrogador conectado con dicha persona y la computadora. Sabe que uno de ellos es una máquina y el otro un ser humano. Pero no sabe cuál es cuál. Para lograrlo tendrá que basarse en las respuestas escritas por cada uno de ellos, atendiendo a las preguntas formuladas por Turing. El Test de Nuviola, creado cien años después, se basa en el mismo test anterior, pero para demostrar exactamente lo contrario. Es decir, que el propio humano interrogador determine si el otro humano posee inteligencia artificial o no. Con Turing es definir si una máquina emula será un ser humano. Mientras, con Nuviola se busca establecer si un humano simula ser una máquina, tener un comportamiento artificial por la imponente influencia del Metaverso y las IA y las técnicas invasivas practicadas en el cuerpo humano, debido a los avances tecnológicos.
Con una IA optimizada en sus diferentes escalas como LamDA de Google, y ChatGPT de Microsoft-OpenIA, no igualamos como se pensaba al inicio, la capacidad de pensar de una máquina a la del hombre. En realidad, se multiplicó por cientos o millas de millones de seres humanos a la vez. Por eso la IA alcanzó esta dimensión de ser Todopoderoso, hasta convertirse en la gran mente virtual. La enorme red neuronal artificial, creada y manejada por la plutocracia moderna, es una compleja estructura de perceptrones interconectados por capas. El perceptrón es el equivalente artificial de una neurona. Gracias a la estructura de capas las redes neuronales van aprendiendo características de los datos progresivamente, de menor a mayor nivel, evitando el costoso trabajo previo de selección de características, necesario antes en el Machine Learning tradicional. La obtención de resultados sintéticos, la sustitución de trabajos humanos por estos algoritmos, así como las consecuencias negativas que estas han generado, empujaron sutilmente al Homosapiens hacia un nuevo nivel de digitalización. El hombre actual es el resultado de una codificación cerebral compuesta por varias capas, similar a su red neuronal. La primaria es su propia concepción lógica humana, que es analógica y tridimensional. La segunda ha sido concebida durante siglos por la religión. La tercera obedece a los códigos de las distintas corrientes ideologías con sus poderes. Mientras que la cuarta es esta: la revolución tecnológica-cuántica, que tiene como punto cumbre la evolución de las IA y el Metaverso, hasta el instante en que estamos hoy. Todos estos niveles se interconectan para lograr un ente totalmente condicionado por los distintos algoritmos de penetración mental. En el caso del último tipo de programación, progresó desde los tubos al vacío en la electrónica analógica, pasando por el transistor y los microprocesadores en la electrónica digital, donde ambos manipulan la comunicación electrónica, el primero mediante señales continuas y variables de electricidad, y el segundo a través de señales discretas o discontinuas. Después llegamos a la fotónica. Esta, con sus transistores y microprocesadores de fotones, abrió el campo de la fotónica programable, y sus todavía inabarcables repercusiones. El XX fue el siglo de los electrones, que dio lugar a la Electricidad y la Electrónica en sus dos tipos: analógica y digital. El siglo XXI va siendo el de la Fotónica en su único tipo, digital. Es decir, la trasmisión de señales discretas de fotonicidad o pulsos de luz. Para que se entienda mejor, la electricidad es la forma de energía que produce efectos luminosos, mecánicos, caloríficos, químicos, etc. Se debe a la separación o movimiento de los electrones que forman los átomos. Mientras qué, la fotonicidad es la forma de energía que produce efectos eléctricos mecánicos, caloríficos, químicos, etc. En este caso, se debe a la separación o movimiento de los fotones que forman los átomos.
Para llegar a saber lo profundo que ha sido este cambio, pongamos un ejemplo. La televisión brindaba una visión del mundo desde un sistema que conectaba al hombre y una realidad percibida a través del televisor. Servía para eliminar la distancia entre el hecho y la televisión, pero manteniendo uno separado del otro. El Metaverso recrea al mundo a partir de una réplica exacta a él, desde un sistema que introduce al hombre en su propia realidad percibida a través de visores de realidad virtual. Sirve también para eliminar la distancia entre el hecho y el vidente, que ya no está en la distancia o separado del acontecimiento, sino que forma parte de él y lo transforma al mismo tiempo. En fin, todos los inventos que fueron creados a partir de la electricidad, pueden recrearse por medio de la fotonicidad. Los equipos eléctricos y electrónicos se convierten en equipos y sistemas fotónicos. El Mundo Virtual es un ejemplo concreto de ello.

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