Es
válido señalar que la entidad en cuestión influye activamente, aún en
condiciones aparentes de reposo o inmovilidad, en la transformación de dicha
información. Por tanto, como la distancia entre dos extremos opuestos es invariable,
pero sí cambia el cómo se transita este espacio, es decir: la forma, sentido,
intensidad del día, percepción del tiempo de vida, o la velocidad de
transición, se puede afirmar que cada cuerpo o fenómeno tiene una velocidad de
vibración única para cada día, vida o transición, la cual cambia
constantemente. Los seres vivos, desde las plantas los hasta animales, experimentan
cambios en su actividad y metabolismo en el transcurso del día. Esos ciclos
circadianos, regulados por la velocidad de rotación terrestre y la
exposición a la luz solar, inciden en la velocidad de vibración de sus sistemas
biológicos. Entre distintas especies de animales varían las tasas metabólicas y sus velocidades de crecimiento. Los mamíferos experimentan tasas diferentes que
afectan su velocidad de vibración biológica. Evolucionar da paso a esta
diversidad en los ritmos de vida, mostrando cómo la velocidad de vibración es
un elemento fundamental de adaptación y supervivencia. Ello es evidente durante
el desarrollo humano. La infancia, adolescencia, adultez y la vejez representan
distintas etapas de vida. Cada una distinguida por una velocidad de vibración
exclusiva. La pubertad introduce cambios hormonales que afectan la velocidad de
crecimiento y desarrollo físico. Por el contrario, la vejez hace que los movimientos físicos sean más lentos y menos flexibles. Las estrellas en su ciclo
de vida también experimentan transformaciones de velocidad vibracional. Si una supernova explota
genera cambios en la velocidad de vibración de otras estrellas, liberando
energía cósmica en el proceso. Las interacciones entre átomos y moléculas son otros que modifican su velocidad de vibración. Cambios en la temperatura afectan la
velocidad molecular, condicionando su movimiento y vibración. Se reafirma que, los
factores externos repercuten en la velocidad interna de vibración.
Lógicamente,
esto provoca que la percepción del período de tránsito sea a la vez distinto
para cada ser. Es por eso que homogeneizar el tiempo interior de cualquier
ente, a partir de la percepción de tiempo exterior –del planeta-, creando con
ello una concepción de igualitarismo temporal para todos que busca pasar por
alto las velocidades de vibración individuales, es un gran error. Piensa un
mundo donde todos los relojes marcan la misma hora, independientemente de su
ubicación geográfica. Esta visión simplista no solo obvia las variaciones
naturales del tiempo solar, sino que también pasa por alto las diferentes
perspectivas culturales hacia el tiempo. Como aquellas comunidades que basan
sus ritmos en eventos locales y estacionales. La cronobiología revela que las
personas tienen distintos cronotipos, lo cual significa que algunos son más productivos
en la mañana, mientras otros alcanzan su pico máximo de rendimiento durante la
tarde, o la noche, por su dependencia con la velocidad de vibración. Ignorar
esta variabilidad biológica, e imponer horarios estandarizados puede afectar
negativamente la calidad del trabajo y el bienestar de los individuos. El
cuerpo humano sigue un ritmo biológico inviolable que establece su eficiencia y
energía disponible en diferentes momentos del día. La
velocidad de vibración interna, regulada mediante estos ciclos, influye en el
rendimiento y eficacia laboral. Alguien inmerso en un proyecto que le apasiona
profundamente hace que su velocidad de vibración se eleve gracias al entusiasmo
y la dedicación. De esta forma se conduce a niveles de productividad
excepcionales. La resonancia entre pasión, vibración personal y productividad destaca
cómo la comunicación entre ellas a través de la emoción influye sobremanera en
su eficiencia. Supón a un individuo que comprende sus propios ciclos de
productividad y organiza las tareas de acuerdo con esos ritmos. Esta persona
seguramente experimentará picos de eficiencia que resuenan con su velocidad de
vibración en lugar de luchar contra ella. Pero, sucede que la mayoría de los
seres humanos no están capacitados por entender y reconocer sus propios ciclos
productivos, porque tampoco son conscientes de su velocidad de
vibración. Además, la alta demanda del sistema laboral contemporáneo a menudo
impone ritmos acelerados, exigiendo una constante productividad, sin tener en
cuenta las velocidades de vibración individual de cada trabajador. Dicho enfoque
ignora las variaciones de respuesta y rendimiento en los empleados, provocándoles
agotamiento, estrés sostenido y afecciones en su calidad de vida. Considera a
un profesional moderno enfrentado con la realidad de correos electrónicos
continuos, reuniones físicas o virtuales exigentes y presiones con plazos de
entrega apremiantes al mismo tiempo. La velocidad exigida en este entorno laboral
contrasta con el ritmo natural de la vida cotidiana. La discrepancia de
velocidad entre demandas laborales y vibración personal del trabajador se
manifiesta en la sensación de estar constantemente "conectado",
generando agotamiento y estrés. El síndrome de burnout, caracterizado por el agotamiento físico y emocional, despersonalización, disminución del
rendimiento laboral y la depresión es un reflejo palpable del estrés sostenido
en el ámbito laboral, lo cual en no pocos casos va unido con otros problemas de
carácter personal. La desconexión entre velocidad del sistema y capacidad de
adaptación de los trabajadores contribuye a este fenómeno. Se convierte en un trabajador
cuyos valores personales son socavados por las demandas del régimen de trabajo, ya
sea en términos éticos, equilibrio entre vida y trabajo, o desarrollo personal. La diferencia existente entre la velocidad impuesta por el sistema y la de vibración personal del
individuo trae como resultado el desánimo, falta de concentración y la desmotivación, dando lugar al agotamiento.
La concepción del tiempo como una construcción
social y subjetiva subraya la falacia de simplificarlo. Su realidad está ligada
a la percepción individual, a partir de su propia vibración y a las influencias
culturales, desafiando la posibilidad de establecer un estándar universal. Por
eso, a mi juicio querer homogeneizarlo constituye uno de los más grandes
ejemplos de totalitarismo nunca antes experimentado. Imponer la misma
velocidad de transición para cada individualidad contenida en el mundo es un atropello. Cada entidad tiene su propia velocidad de vibración, que
lo lleva a tener igualmente su propio tiempo de tránsito. Desconocer cómo
controlar y medir la velocidad de vibración, haciéndolo en su lugar con el tiempo general transcurrido desde el origen, provoca el desconocimiento de la distancia, y por ende del tiempo de transición individual faltante para llegar al destino. La
velocidad de vibración se convierte en el medio para navegar la dualidad
inherente de la existencia. Ser incapaz de controlarla dificulta comprender la gran complejidad existente entre sus extremos. Así es como avanzas a
la incertidumbre de lo desconocido, que en paralelo provoca lanzarte hacia ese
futuro incierto por su inmaterialidad, pero no por su existencia. Porque todo
porvenir es la dimensión exacta que complementa su pasado, pero en sentido
contrario, sabiendo que la intercepción instantánea entre ambos es el presente.
La revolución científica del siglo XVI, liderada por figuras como Copérnico y
Galileo, marcó un cambio fundamental en nuestra comprensión del cosmos. El
pasado científico, arraigado en concepciones geocéntricas, cedió ante la
proyección del futuro heliocéntrico. Dicha transformación no solo se construyó
sobre el conocimiento anterior, sino que también lo desafió en una dirección
opuesta, dando lugar a una nueva comprensión del universo.

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