El
presente como intersección entre pasado y futuro es la esencia de la dualidad temporal. En este instante único, el pasado se refleja y
proyecta hacia el futuro, generando una síntesis dinámica que forma la experiencia
cotidiana. Considera una fotografía. En ese congelamiento del tiempo, el
presente se materializa como un instante donde la luz captura el pasado y anticipa
el futuro. Una imagen que permite contemplar el punto que define al
presente. La innovación tecnológica es una muestra palpable de la creación
constante en el presente. Cada progreso tecnológico, desde el invento de la
rueda hasta el avance digital, es una manifestación real entre el
conocimiento acumulado del pasado y las aspiraciones proyectadas hacia el
futuro. La práctica de mindfulness o consciencia plena, es un camino para
abrazar el presente con atención total. Al vivir plenamente el momento, se crea
una conexión profunda con el pasado y se cultiva una consciencia aguda que
guía las elecciones futuras.
En
un reloj de arena la cantidad contenida en su parte superior representa el
destino, el futuro, la distancia faltante, y, por tanto, el tiempo que resta
por transcurrir. Mientras que, su parte inferior muestra exactamente
lo contrario: el origen, el pasado, la distancia cubierta, la percepción del
tiempo ya transcurrido. Cuando ambas partes se unen, esa intercepción por donde
pasa la arena a mayor o menor velocidad, según las características del conducto
–la intercepción-, de la arena –más o menos gruesa, o de ambos, es el
presente en permanente cambio. Quizá el reloj nos da otra
pista para nada despreciable. Y es que, cuando toda la arena del futuro ha caído
en el pasado para marcar el tiempo transcurrido, la mano de un ente exterior
gira las partes e inicia un nuevo ciclo. Esto hace que el pasado
en ese instante se convierta en futuro, y viceversa. Mientras el presente continúa
aparentemente igual. Otra muestra de una unidad de comunicación determinada
sistemáticamente por su lucha de contrarios.
Ahora
bien, la velocidad de vibración aumenta o disminuye cuando puedes
compararla con un punto externo al cuerpo o fenómeno en movimiento, y
es el objeto de análisis. En la teoría de la relatividad, Albert Einstein
postuló que la velocidad es relativa al observador. Puede aumentar o disminuir
solamente la velocidad de transición del cuerpo o fenómeno en cuestión y no
hacerlo el punto de referencia usado para la comparación. Pero puede ocurrir
lo contrario también. O que ambas velocidades aumenten o disminuyen
indistintamente. Es evidente que en cada caso los resultados son diferentes. Con un automóvil en movimiento sobre una autopista, para un pasajero dentro del
vehículo, la velocidad de vibración es constante. Sin embargo, para
el observador en un punto fijo, la velocidad percibida
variará dependiendo de la dirección del vehículo y su velocidad en relación con el observador. Si te concentras en una onda viajando a lo largo de una cuerda.
Para un observador fijo en el extremo de la cuerda, la velocidad de vibración
de la onda será evidente y constante. Por otro lado, para un observador en
movimiento junto a la onda la velocidad percibida será diferente, dependiendo
de la dirección del movimiento relativo entre el observador y la onda. Esto reafirma cómo la velocidad de vibración también es relativa
en los fenómenos ondulatorios. En el Gran
Colisionador de Hadrones (LHC), las partículas se aceleran a velocidades de
vibración cercanas a la de la luz. La velocidad relativa entre estas partículas
es esencial para comprender las colisiones y eventos que tienen lugar en el
experimento.
Es
por eso que, para que cualquier entidad posea una velocidad de vibración, y,
por ende, se mueva desde un origen hasta su destino necesita del combustible,
de la energía generadora de fuerza o potencia suficiente. La energía en sus diversas formas es como un pistón que genera el
movimiento constante del cambio universal. El tránsito de un ente entre entremos opuestos está indiscutiblemente comunicado con la presencia y transformación energética. En el movimiento de las olas marinas, la energía
cinética generada por el viento sobre la superficie del agua, las
impulsa largas distancias. Esa energía convertida en
movimiento, ejemplifica cómo la fuerza generadora es esencial para el
desplazamiento en un medio fluido. Un motor de combustión interna también ilustra muy
bien el principio al que hago referencia. El combustible, generalmente gasolina
o diésel, se transforma en energía mediante la combustión controlada. Esta
energía liberada impulsa el movimiento de los pistones, provocando así la
fuerza necesaria para el desplazamiento del vehículo. El agua en una cima posee
energía potencial gravitacional debido a su elevación. Al caer, esta energía
potencial se transforma en energía cinética, generando una velocidad de
vibración producida por la propia caída de agua. Aquí, la fuerza de la gravedad y la
energía son fundamentales para el movimiento.
Calcular la energía que necesita cada unidad para moverse a una determinada velocidad de vibración, entre dos puntos opuestos se hace mediante la ecuación de la relatividad especial de Einstein: Energía (E) = Masa (m) * Velocidad de la luz al cuadrado (E=mc^2). Cuando un cuerpo o fenómeno se mueve a una velocidad de vibración específica, la energía asociada con ese movimiento puede entenderse como una representación de la masa modificada según la ecuación de Einstein. Esta estrecha comunicación revela que la masa puede modificarse en energía y viceversa. En el núcleo estelar, la fusión nuclear convierte la masa de átomos ligeros en energía radiante. La estrella, al transformar su propia masa en energía, genera la fuerza necesaria que mantiene su equilibrio gravitacional y emite luz. En los propios aceleradores de partículas como el LHC, la energía cinética resultante de esta velocidad es resultado de la transformación de masa en energía. Por tanto, si bajo ciertas condiciones aumenta la cantidad de energía que mueve a una unidad, es producto de su masa, y la velocidad de vibración también aumenta. Si bajo otras condiciones ocurre lo contrario: que disminuye la cantidad de energía que mueve a dicha unidad, también está interconectado con su masa, y la velocidad de vibración disminuye. Toda unidad tiene dos formas de obtener y transformar la energía necesaria que le permita moverse: mediante suministros externos, o a través de las propias reservas internas en detrimento de su propia masa. El ser humano obtiene su energía vital gracias a los alimentos que consume, o en ausencia de estos agotaría sus reservas internas, empezando a adelgazar mientras desciende su velocidad de vibración, hasta que llega el momento que se detiene completamente –morir-, si no recibe alimentación –energía desde el exterior-. La mayoría de las entidades en la naturaleza dependen, en mayor o menor medida, de suministros externos para satisfacer sus necesidades energéticas. Este enfoque implica aprovechar las fuentes presentes en el entorno para impulsar movimientos y funciones vitales. La fotosíntesis, ejecutada por plantas y algunos microorganismos enseña cómo ellos capturan mediante la clorofila la energía del sol, convirtiéndola en glucosa para su crecimiento y movimiento. Mientras que, cuando un depredador caza a su presa, obtiene energía al consumir sus reservas. La dualidad entre suministros externos y reservas internas representa una estrategia fundamental para la obtención de energía en el universo.

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