Las fuerzas comunicativas
son los instrumentos y medios de comunicación: herramientas y fábricas,
materias primas, pero también celulares, computadoras, Internet, redes
sociales, plataformas digitales, IA, sentidos y cerebro humanos,
datos, energía e información, mediante los cuales dichas fuerzas permanecen en
constante comunicación, con el fin de realizar cualquier tipo de función,
incluyendo la producción de bienes y servicios. Las fuerzas comunicativas y las
relaciones de comunicación establecidas entre ellas, constituyen los elementos
principales para transformar la forma y sentido de la energía transmitida
hacia un contrario u otro. Esto depende directamente del fin que se quiere
lograr con el trabajo ejecutado a partir de la energía transformada durante el
proceso comunicativo. El tipo de comunicación –auténtica o artificial-
existente entre sus fuerzas para desarrollar una determinada función, el medio
de comunicación que los conecta, así como el nivel de consciencia de los
individuos formadores de estas fuerzas, influyen significativamente en la
evolución del sistema comunicacional resultante, que al mismo tiempo cambia a
las propias fuerzas, su consciencia y el medio donde estas se comunican
–de-forman-, convirtiéndose en una especie de ciclos constantes y distintos a
cada instante, que se mueven impulsados por la retroalimentación de sus
anteriores y contradictorios resultados.
Esta es la gran trascendencia que tienen las fuerzas comunicativas, no solamente para el avance de la humanidad siendo coherente con sus valores identitarios, sino para preservar su propia vida. Históricamente, la humanidad ha dependido de las fuerzas comunicativas que surgen dentro y fuera de ella. No podría concebirse la vida de un ser humano sin la comunicación auténtica entre sus diferentes sistemas celulares, entre sus distintos órganos, entre el cuerpo y la mente, entre él propio humano con el entorno donde vive. Aunque el vínculo entre autenticidad y artificialidad en la comunicación tampoco puede romperse. Toda realidad es el resultado de la interacción dialéctica y compleja entre innumerables sistemas y tipos de comunicación. Estos a su vez, están formados y orientados por sus respectivas fuerzas comunicativas.
Dominar el desarrollo de las fuerzas
comunicativas, sobre todo los instrumentos y medios de comunicación, controla
la forma y sentido de los tipos de comunicación. Gobernar el tipo de
comunicación existente entre sus fuerzas, influye abrumadoramente en las
transformaciones de cualquier entidad, como un ser humano o un sistema
socioeconómico. Ejemplo de ello fue que, durante el siglo XVIII y XIX en
Europa, la Revolución Industrial transformó radicalmente a la sociedad.
Invenciones de nuevas tecnologías, como máquinas de vapor e hiladoras
mecánicas, transformó la forma y el sentido en que se producían los bienes, y
cómo la gente se comunicaba sobre el trabajo y la economía. Notables avances de
comunicación, como la prensa impresa y luego el telégrafo, permitieron una
difusión más rápida de ideas, información y propaganda política. Las élites
utilizaron la comunicación artificial para influir en la opinión pública,
controlar los discursos y legitimar sus agendas políticas y económicas. Dirigir
la comunicación desempeñó un papel crucial para consolidar al capitalismo industrial
y configurar las relaciones socioeconómicas de la época.
Más tarde, en medio de la Segunda
Guerra Mundial, los regímenes totalitarios de Hitler en Alemania y Stalin en la
Unión Soviética, emplearon intensamente la propaganda como herramienta para influir
en la opinión pública nacional e internacional. A través de la radio, la
prensa, el cine y otros medios de comunicación artificial, difundieron
narrativas diseñadas para movilizar a la población, demonizar al enemigo y
justificar sus políticas y acciones militares. El control sobre la
comunicación, volviéndola artificial, les permitió manipular
percepciones y emociones en las masas civiles y militares, consolidando así su poder y respaldo
popular.
Mientras que, en pleno siglo XXI, la explosión intencionada de las tecnologías informáticas y de comunicaciones, con sus redes sociales, metaversos e inteligencia artificial han hecho más disruptiva y elitista la forma en que se domina la comunicación entre las entidades: personas, sociedades, etc. La plutocracia moderna, con sus poderosísimas transnacionales tecnológicas, coaccionan a gobiernos e instituciones internacionalmente, expandiendo su capacidad de manipular la comunicación. Así aumentan todavía más sus riquezas e intereses, manteniendo en paralelo un sólido y subliminal control económico, político y social en todo el mundo, a través de la comunicación artificial. Esto demuestra el enorme peso que tiene la comunicación en la transformación del planeta, sus universos, y como este nuevo Comunicismo sigue engullendo Estados para expandirse en la era postcapitalista urgida de autenticidad en la comunicación.

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