Hoy despertó más temprano. Prácticamente no durmió. Lo hizo antes que cualquier esperanza pudiera colarse por la ventana. La gente aún dormía y un aire despertaba el tufo habitual del cuarto. Una luz artificial proyectaba sombras sobre las paredes desconchadas. Habían visto días mejores. Allí, en su rincón, Eugenio perdía la cuenta de las veces que intentó arrancarse algunos recuerdos.

Cogió el vaso con un viejo café que reposaba sobre la mesa, al lado de su cama. El vaso era uno de esos que hace mucho no hacen. Tenía impreso un logo con una frase singular. - ¿Qué soy? -se Preguntó mirando al vaso-. Sus dedos temblorosos lo tomaban, pero no tenía la energía suficiente para llevárselo a la boca. Todo seguía suspendido en el aire, como si el tiempo hubiera dejado de moverse, como si nada pasara. El reloj colgado en la pared, que hacía meses se había detenido, marcaba las dos y dieciséis. No podía evitarlo. Algo le decía que ese número seguía atrapado en su memoria: dieciséis.

- ¿Qué pasó?, -se cuestionó nuevamente-. La respuesta no llegó. Ni antes, en sus instantes de paz, ni luego, en los períodos de desesperación…, ¡nunca! Otra vez miró el café, buscaba alguna respuesta ausente en la frialdad del cristal con aquella frase:  

Sentado sobre la cama recordaba lo que pudo ser. Caminaba por el barrio, hablaba con la gente, la vida parecía normal a pesar de su pasado. Las tardes diferentes: con risas, rostros y abrazos, ¡Camila! Se había tardado en regresar. Ella andaba en su cabeza como si no tuviera frenos, como si el mundo se doblegara ante sus pies. Eugenio fue otro desde que pensó conocerla. Fue una atracción de esas que arrasan con todo. -Algún día, -se decía-, algún día ella sabrá quién soy. Pero no se atrevía a más. Se conformaba con verla de lejos, con observarla desde una esquina, como si bastara para estar tranquilo. No puedo engañarse, porque la calma no conocía a Eugenio. Camila tampoco. Ella estaba demasiado alejada de él.

Incluso, una vez creyó preguntarle si algún día podrían ser más que amigos. Ella se mostró sin mucha atención. Después, con una sonrisa irónica contestó que no. Habló sin mirarlo a los ojos, como alguien que menosprecia. - ¿Por qué eres así?  - Se repetía Eugenio atormentado-. Ahí su cuerpo se recostó en silencio, mientras la mente se le acercaba gritando enfurecida, con mil voces adentro. Se retorcía de impotencia, enredándose con la sábana rota. Rota como él. Algunas voces comenzaron a llamarlo por su nombre, otras le hablaban con un lenguaje extraño. Eran una especie de ecos convulsos susurrándoles con desprecio: - ¿Qué creías? ¿Qué los sueños se hacen realidad? –Y una risa enloquecida-. Estás perdido, Eugenio. –Ahora, la risa más calmada –¿Ves que no eres nada?

Aparece otra voz. Esta es más suave, aunque igualmente punzante. Decía murmurando en sus oídos: -Nunca fuiste capaz, Eugenio. Mira lo que has hecho. No te quiere. –Llega un silencio inesperado, antes que reaparezca la voz-, No entiendes, muchacho. Te ves como un hombre, pero no lo eres –otra pausa incongruente-. Ella es una mujer hecha y derecha. Tú solamente eres un fracasado de dieciséis.

De repente, Eugenio lanzó un gritó, tiró el vaso, se tapó los oídos. Buscaba escapar de aquella escena, pero las voces seguían. Insistentemente. Fue entonces que sonido, este más delirante, intervino: “¿De verdad piensas que puedes cambiar…? ¿Qué vas a hacer ahora? – Un corto silencio- Entiende que ella no es para ti.

- ¡Cállense!” -gritó Eugenio, dando un brinco sobre el colchón-. El eco retumbó en el cuarto. Algunas gotas de café caían aún al piso, desde aquella pared, que no pudo escapar de la humedad, las grietas y esa mancha. La sombra que encerraba lo que quedaba de Eugenio. Hacía un tiempo que él tampoco podía escapar de tanto. Por eso, eligió sumirse en la adicción de sus pensamientos. 

Habían pasado algunos minutos y el cuarto permanecía en penumbras. Tal vez menos que su mente. Tendido sobre su espalda, tenía las manos en la cabeza y miraba hacia el techo. Volvió a creer que no era nada sin ella. Que el temblor y las voces eran por falta de ella. Que necesitaba viajar para seguir flotando por encima de sus penas. Aquel peso lo hundía demasiado. Necesitaba elevarse.

Entonces, se bajó de la cama y empezó a buscar entre el desorden. - Todo podría haber sido distinto –dijo-. Pero no lo es. Se reafirmaba buscando entre las ropas viejas y los platos sucios. Hurgaba desesperado entre las cosas y el tiempo que lo retrocedió al pasado, a la época de niño, a su madre inexistente, a los recuerdos de cuando era alguien. Muy poco quedaba con forma en su memoria, a pesar de tan corta edad.  Era difusa la imagen de su madre cuando lo cargaba. Le resultó imposible reconocerla. Ni siquiera comprendía si llegó a quererlo. O si, por el contrario, él la odió con todas sus fuerzas. No por lo que ella hizo un día, si no por lo que dejó de hacer con su hijo la vida entera. - ¿Dónde está esa maldita pastilla?

Se detuvo por un momento, volteó la miraba y caminó hacia el otro lado del cuarto. Abrió el armario. -Camila es igual que mamá –comentó de repente-. Y agarró el pomo con la píldora que quedaba. - ¡Son idénticas! –sentenció y al segundo se tragó la pastilla-. Sin agua.

Tendido en el piso esperó que se hiciera la luz. Una negra luz que lo puso todo como Eugenio suplicaba. Más oscuro. Así reaccionó, con sacudidas y movimientos aletargados, notándose poco a poco en un lugar surreal.

Allí el aire se distorsiona como si fuera un hilo invisible que se estira y retuerce en espirales brillantes. Cierta vibración surca el espacio. Los objetos se deshacen y reforman. Hay una especie de niebla disuelta, solo para dar paso a formas fluidas que parecen tener vida propia. Las paredes se hunden. Incluso, hasta la mancha de café. Pareciera que la habitación respira. Su cuerpo se siente ligero y atrapado en una maraña de sensaciones que no controla. Regresan las voces que se burlan. La realidad es un reflejo que se rompe y rehace, y los colores explotan en un caleidoscopio que lo envuelve todo. La negra luz se vuelve clara, se dobla y retuerce, iluminando cada rincón con destellos intensos que se contorsionan. Las fronteras entre el interior y exterior se difuminan. Su mente navega en un mar de pensamientos, atrapado en un laberinto de imágenes que no puede seguir, perdiéndose en cada rincón de su lampiña conciencia. - Lo único que importa es el último amanecer –exclamó en dos ocasiones-. Alzaba los brazos intentando tocar las estrellas. Las veía muy cerca. Demasiado para ser verdad. Eugenio nuevamente dejó de temerle al maltrato de la soledad. Ya no necesitaba respuestas porque tenía preguntas. Preguntas que no encajaban, respuestas sin formas. Su corta vida vida buscando algo que jamás encontró.

Ráfagas de recuerdos que vienen y se van. Su corazón se agitaba. Camila. Su madre. Tan lejos y por qué más cerca. Sí, con él todo parecía ir al revés. El día se vuelve más noche. Los latidos se aceleraron. Morir en su esencia es la vida. Balbuceó unos instantes. Terminó riendo cuando empezó llorando, oyendo sus breves recuentos, miradas furtivas. Respiró desesperado -La vida no espera, Eugenio. Si la dejas pasar, se irá, -alcanzó a entenderse-. Suspiro, y en ese preciso instante una visión de paz lo invadió por completo. Veía a una versión de sí mismo mucho mayor, caminando despacio por un parque vacío, con el rostro sereno, la mirada apagada pero libre de culpas. Algo lo llevaba a encontrarse con su esencia. Iba al reencuentro añorado. El tiempo, todavía detenido en el reloj que seguía marcando las dos y dieciséis, al fin había logrado liberar su alma.