Cogió el vaso con un viejo café que
reposaba sobre la mesa, al lado de su cama. El vaso era uno de esos que hace
mucho no hacen. TenÃa impreso un logo con una frase singular. - ¿Qué soy? -se Preguntó
mirando al vaso-. Sus dedos temblorosos lo tomaban, pero no tenÃa la energÃa
suficiente para llevárselo a la boca. Todo seguÃa suspendido en el aire, como
si el tiempo hubiera dejado de moverse, como si nada pasara. El reloj colgado
en la pared, que hacÃa meses se habÃa detenido, marcaba las dos y dieciséis. No
podÃa evitarlo. Algo le decÃa que ese número seguÃa atrapado en su memoria:
dieciséis.
- ¿Qué pasó?, -se cuestionó nuevamente-.
La respuesta no llegó. Ni antes, en sus instantes de paz, ni luego, en los
perÃodos de desesperación…, ¡nunca! Otra vez miró el café, buscaba alguna
respuesta ausente en la frialdad del cristal con aquella frase:
Sentado sobre la cama recordaba lo que pudo
ser. Caminaba por el barrio, hablaba con la gente, la vida parecÃa normal a
pesar de su pasado. Las tardes diferentes: con risas, rostros y abrazos,
¡Camila! Se habÃa tardado en regresar. Ella andaba en su cabeza como si no
tuviera frenos, como si el mundo se doblegara ante sus pies. Eugenio fue otro
desde que pensó conocerla. Fue una atracción de esas que arrasan con todo. -Algún
dÃa, -se decÃa-, algún dÃa ella sabrá quién soy. Pero no se atrevÃa a más. Se
conformaba con verla de lejos, con observarla desde una esquina, como si bastara
para estar tranquilo. No puedo engañarse, porque la calma no conocÃa a Eugenio.
Camila tampoco. Ella estaba demasiado alejada de él.
Incluso, una vez creyó preguntarle si
algún dÃa podrÃan ser más que amigos. Ella se mostró sin mucha atención. Después,
con una sonrisa irónica contestó que no. Habló sin mirarlo a los ojos, como
alguien que menosprecia. - ¿Por qué eres asÃ? - Se repetÃa Eugenio atormentado-. Ahà su
cuerpo se recostó en silencio, mientras la mente se le acercaba gritando
enfurecida, con mil voces adentro. Se retorcÃa de impotencia, enredándose con
la sábana rota. Rota como él. Algunas voces comenzaron a llamarlo por su
nombre, otras le hablaban con un lenguaje extraño. Eran una especie de ecos convulsos
susurrándoles con desprecio: - ¿Qué creÃas? ¿Qué los sueños se hacen realidad?
–Y una risa enloquecida-. Estás perdido, Eugenio. –Ahora, la risa más calmada –¿Ves
que no eres nada?
Aparece otra voz. Esta es más suave,
aunque igualmente punzante. DecÃa murmurando en sus oÃdos: -Nunca fuiste capaz,
Eugenio. Mira lo que has hecho. No te quiere. –Llega un silencio inesperado,
antes que reaparezca la voz-, No entiendes, muchacho. Te ves como un hombre,
pero no lo eres –otra pausa incongruente-. Ella es una mujer hecha y derecha.
Tú solamente eres un fracasado de dieciséis.
De repente, Eugenio lanzó un gritó, tiró
el vaso, se tapó los oÃdos. Buscaba escapar de aquella escena, pero las voces
seguÃan. Insistentemente. Fue entonces que sonido, este más delirante,
intervino: “¿De verdad piensas que puedes cambiar…? ¿Qué vas a hacer ahora? –
Un corto silencio- Entiende que ella no es para ti.
- ¡Cállense!” -gritó Eugenio, dando un
brinco sobre el colchón-. El eco retumbó en el cuarto. Algunas gotas de café
caÃan aún al piso, desde aquella pared, que no pudo escapar de la humedad, las
grietas y esa mancha. La sombra que encerraba lo que quedaba de Eugenio. HacÃa
un tiempo que él tampoco podÃa escapar de tanto. Por eso, eligió sumirse en la
adicción de sus pensamientos.
HabÃan pasado algunos minutos y el
cuarto permanecÃa en penumbras. Tal vez menos que su mente. Tendido sobre su
espalda, tenÃa las manos en la cabeza y miraba hacia el techo. Volvió a creer
que no era nada sin ella. Que el temblor y las voces eran por falta de ella. Que
necesitaba viajar para seguir flotando por encima de sus penas. Aquel peso lo
hundÃa demasiado. Necesitaba elevarse.
Entonces, se bajó de la cama y empezó a
buscar entre el desorden. - Todo podrÃa haber sido distinto –dijo-. Pero no lo
es. Se reafirmaba buscando entre las ropas viejas y los platos sucios. Hurgaba
desesperado entre las cosas y el tiempo que lo retrocedió al pasado, a la época
de niño, a su madre inexistente, a los recuerdos de cuando era alguien. Muy
poco quedaba con forma en su memoria, a pesar de tan corta edad. Era difusa la imagen de su madre cuando lo
cargaba. Le resultó imposible reconocerla. Ni siquiera comprendÃa si llegó a
quererlo. O si, por el contrario, él la odió con todas sus fuerzas. No por lo
que ella hizo un dÃa, si no por lo que dejó de hacer con su hijo la vida entera.
- ¿Dónde está esa maldita pastilla?
Se detuvo por un momento, volteó la
miraba y caminó hacia el otro lado del cuarto. Abrió el armario. -Camila es
igual que mamá –comentó de repente-. Y agarró el pomo con la pÃldora que
quedaba. - ¡Son idénticas! –sentenció y al segundo se tragó la pastilla-. Sin
agua.
Tendido en el piso esperó que se hiciera
la luz. Una negra luz que lo puso todo como Eugenio suplicaba. Más oscuro. AsÃ
reaccionó, con sacudidas y movimientos aletargados, notándose poco a poco en un
lugar surreal.
Allà el aire se distorsiona
como si fuera un hilo invisible que se estira y retuerce en espirales brillantes.
Cierta vibración surca el espacio. Los objetos se deshacen y reforman. Hay una
especie de niebla disuelta, solo para dar paso a formas fluidas que parecen
tener vida propia. Las paredes se hunden. Incluso, hasta la mancha de café.
Pareciera que la habitación respira. Su cuerpo se siente ligero y atrapado en
una maraña de sensaciones que no controla. Regresan las voces que se burlan. La
realidad es un reflejo que se rompe y rehace, y los colores explotan en un
caleidoscopio que lo envuelve todo. La negra luz se vuelve clara, se dobla y retuerce,
iluminando cada rincón con destellos intensos que se contorsionan. Las fronteras
entre el interior y exterior se difuminan. Su mente navega en un mar de
pensamientos, atrapado en un laberinto de imágenes que no puede seguir,
perdiéndose en cada rincón de su lampiña conciencia. - Lo único que importa es
el último amanecer –exclamó en dos ocasiones-. Alzaba los brazos intentando
tocar las estrellas. Las veÃa muy cerca. Demasiado para ser verdad. Eugenio
nuevamente dejó de temerle al maltrato de la soledad. Ya no necesitaba
respuestas porque tenÃa preguntas. Preguntas que no encajaban, respuestas sin
formas. Su corta vida vida buscando algo que jamás encontró.
Ráfagas de recuerdos que vienen y se van. Su corazón se agitaba. Camila. Su madre. Tan lejos y por qué más cerca. SÃ, con él todo parecÃa ir al revés. El dÃa se vuelve más noche. Los latidos se aceleraron. Morir en su esencia es la vida. Balbuceó unos instantes. Terminó riendo cuando empezó llorando, oyendo sus breves recuentos, miradas furtivas. Respiró desesperado -La vida no espera, Eugenio. Si la dejas pasar, se irá, -alcanzó a entenderse-. Suspiro, y en ese preciso instante una visión de paz lo invadió por completo. VeÃa a una versión de sà mismo mucho mayor, caminando despacio por un parque vacÃo, con el rostro sereno, la mirada apagada pero libre de culpas. Algo lo llevaba a encontrarse con su esencia. Iba al reencuentro añorado. El tiempo, todavÃa detenido en el reloj que seguÃa marcando las dos y dieciséis, al fin habÃa logrado liberar su alma.

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