La tarde cae sobre Buenos Aires con el cielo teñido de gris. En un barrio popular del conurbano, donde los edificios se alzan como testigos mudos tres personas permanecen sentadas. Están en la plaza donde los domingos, hace años ya, se organizaban ferias y encuentros de vecinos. Es la misma plaza donde hoy la desolación espanta. Cada uno sigue sentado en un banco distinto. Miran al sol perderse tras los departamentos vacÃos.
Alejandra mira con nostalgia la imagen de sus hijos jugando. Recuerda los tiempos en que el sueldo alcanzaba para cubrir las necesidades de su familia, cuando las ayudas del Estado llegaban a quienes más lo necesitaban. Pero eso habÃa cambiado. Ahora, con las tarifas de los servicios básicos por las nubes y el trabajo informal como única opción, la vida se ha vuelto una lucha diaria por sobrevivir. Se pregunta cómo llegó tan lejos, cómo fue que pudo aceptar el discurso de que: “el mercado resolverÃa todo”. Nadie le explica por qué su salario no alcanza para cubrir lo mÃnimo, mientras los poderosos siguen acumulando riquezas sin ningún remordimiento.
MartÃn, un joven de 25 años que dejó sus estudios para trabajar, la observa desde su banco. Él ha vivido toda su vida entre sueños rotos y promesas incumplidas. Creció viendo a su madre, una mujer valiente que lucha por mantener la dignidad de su casa a pesar de las adversidades, pero las constantes reformas del gobierno lo habÃan arrastrado a un futuro incierto. MartÃn participó en las movilizaciones para derogar las leyes de ajuste, pero ya no tenÃa fuerzas. La represión contra los manifestantes lo marcó mucho. Recuerda la imagen de la policÃa con cascos y escudos, dispuesta a callar cualquier intento de resistencia, mientras desde las pantallas del gobierno se repetÃan los mismos argumentos de siempre: “la libertad económica lo resolverá todo.”
Ricardo es un empresario exitoso que camina por la plaza mientras observa las caras cansadas de los que aún quedaban en el barrio. Con 52 años construyó su fortuna desde cero, pero en las últimas semanas se habÃa sentido más incómodo que nunca. Su empresa recibió enormes subsidios fiscales y exenciones impositivas de Milei, algo que, en teorÃa, impulsarÃa aún más su crecimiento. Mientras tanto, los más débiles seguirÃan atrás. Aunque eso no parece afectarlo demasiado. Piensa que todo es parte de la lógica del mercado: los más aptos sobreviven, los demás perecen. Sin embargo, en sus momentos de reflexión, Ricardo sà se pregunta: ¿A qué costo? ¿A qué costo se está creando su fortuna? Y cuando mira la plaza, vacÃa de alegrÃa, se siente en parte responsable de tanta indiferencia.
Un dÃa de lluvia, Alejandra
y MartÃn coinciden en la plaza mientras esperan que pase el temporal. La
conversación comenzó sin ser invitada, como siempre pasa cuando dos
desconocidos comparten la misma necesidad de compañÃa en medio de la
desolación.
— ¿Vas a las marchas? —preguntó Alejandra, rompiendo el silencio con
una sonrisa triste.
— ¿Para qué? —respondió MartÃn, encogiendo los hombros—. Todo está perdido. Lo único que hacen es
aumentar el precio de todo y nosotros seguimos igual. Ni trabajo hay. Ni
futuro.
Alejandra suspiró. SabÃa
bien lo que sentÃa. Ella también habÃa dejado de ir a las movilizaciones.
Después de la represión violenta de la última protesta, estaba agotada. La
sensación de impotencia era demasiada.
— A mà me hicieron un descuento de un 30% en el sueldo. —dijo
Alejandra—. Todo por los ajustes. Pero
los ricos no lo sienten. A ellos les siguen regalando todo.
MartÃn asintió, mirando al
suelo.
— ¿Sabés qué es lo peor? —dijo él, mientras levantaba la vista—. Lo peor es que nos dicen que estamos libres.
Pero yo no me siento libre. A mà no me dejaron elegir, ni decidir qué hacer con
mi vida.
En ese momento, Ricardo los
observaba desde su banco. Escuchaba en silencio, como si las palabras de los
dos jóvenes fueran ecos de algo que ya conocÃa. Se sentÃa culpable, pero esa
culpa estaba enterrada bajo capas de justificaciones: el mercado, la
competencia, el esfuerzo individual. El mercado recompensaba a los más aptos, o
eso decÃa. Los más débiles siempre quedarÃan atrás, y si no podÃan salir
adelante, era su problema, no el suyo.
Se levantó de su banco y se
acercó a ellos, no sin una pizca de incomodidad. SabÃa que debÃa decir algo,
aunque no sabÃa qué.
— ¿Qué opinan de lo que está pasando? —preguntó Ricardo, mirando al
suelo.
Alejandra lo miró
fijamente, como si su presencia fuera la muestra palpable de todo lo que estaba
mal.
— Lo que pasa es que los que nos gobiernan solo piensan en los ricos. No
entienden lo que es pasar hambre, lo que es no saber si vas a tener para darle
de comer a tus hijos. —Alejandra dijo con fuerza, pero también con
tristeza—. Lo que tenemos no es
libertad, es opresión. Y ni siquiera somos libres para quejarnos...
Ricardo se quedó en silencio, mirando las gotas de lluvia caer sobre el pavimento. No dijo más nada. SabÃa que, en el fondo, no podÃa justificar lo injustificable.
Con el tiempo, las
diferencias entre ellos siguieron presentes, pero algo se habÃa quebrado en el
interior de Ricardo. La plaza seguÃa siendo el mismo lugar vacÃo y triste, pero
esa tarde, mientras el sol volvÃa a salir, cada uno de ellos se llevó consigo
una reflexión que, de alguna manera, cambiarÃa sus vidas.
Alejandra y MartÃn
seguirÃan luchando, aunque no supieran si algo cambiarÃa. Pero Ricardo, el
empresario, entenderÃa algo que aún no lograba expresar: no bastaba con
defender su "libertad económica" si eso significaba que otros
perdieran la suya. El mercado podÃa seguir siendo rey, pero la vida, la
libertad y la propiedad solo tendrÃan valor cuando todos pudieran acceder a ellas.
Y, tal vez, eso serÃa el inicio de un cambio que ni siquiera él habrÃa
imaginado.
El mensaje de la plaza —un eco de vidas rotas y sueños olvidados— seguÃa resonando, lento pero firme.

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