En la plaza vacía el viento arrastra los susurros.
Hay hombres que desandan con los pies llenos de polvo
bajo un cielo cansado de llorar.
Hombros caídos que resuenan con el tiempo,
las hojas y un soplo de nada.
Es la fría llovizna a la altura del cristal,
tapando al sol que se esconde tras la torre de concreto.
Allí el brillo del vidrio no refleja penuria.
Solamente es el muro entre el pobre y el rico.
La indiferencia de aquellos que sueñan calmados.
El abismo de estos que se despiertan con horror.
Un niño corre pero no juega,
sus pasos pasan con un eco indefinido.
El banco espera en silencio.
Marcado silencio de lluvia, las grietas, miradas perdidas.
Van cansadas, buscando todavía.
La vida así no es libertad.
Es el peso de una moneda que aplasta.
Es la lucha de día y el combate en la noche.
La resistencia de los indefensos y olvidados
que siguen pensando en una plaza prendida de sol.
La miseria no perdona y el hambre no olvida.
El grito final no ha sido escuchado aún.
Se alza en la memoria como un faro prendido en la distancia.
Difuso horizonte que juntos debemos trascender.
La plaza sigue vacía, pero algo en su tierra clama:
que no todo está perdido, que el eco de los que resisten
nunca, jamás se calla.