Damasco, la antigua ciudad que alguna vez fue un crisol de culturas y tradiciones, respira una increíble atmósfera de incertidumbre. El aire sigue denso, lleno de polvo y escombros, como si las heridas de la guerra se negaran a sanar. El sol ya se pone lentamente, tiñe al cielo de un rojo ensangrentado, mientras el bullicio en las calles resuena con la noticia que llega hasta los rincones más alejados del país: el gobierno de Bashar al Assad cayó.

Sami camina por una calle estrecha con pasos rápidos. Los rumores esparcidos como fuego se confirman: el régimen colapsó. Los disparos que oye a lo lejos no son de guerra, al menos en este instante parecen de celebración. No puede creerlo. Sonríe y casi al instante oculta su alegría. Tras años de sufrimiento, de ver morir a seres queridos, ha llegado el momento. ¡Qué momento! Pero el alivio por algún motivo no aparece completo. Es una mezcla de sentimientos con una capa de perplejidad, una duda que no se le quita de la mente.

Ella luchó durante años con los insurgentes por sus creencias, por un futuro sin opresión ni destrozo para su país, por lo que entendía justo. Pero ahora, que de alguna forma lo han conseguido, al mismo tiempo se pregunta si realmente están preparados.

De pronto, escucha a un hombre que grita desde una azotea. Se detiene, mira hacia arriba y reconoce al anciano que suele dar discursos cerca el mercado.

“¡Hoy somos libres! ¡Hoy comenzamos una nueva era!” Grita el hombre mientras agita una bandera verde, blanca y negra, la bandera de su revolución.

Sami no puede evitar sonreír, pero también sabe que ese entusiasmo no es compartido por toda la gente. Piensa que otros se preparan para resistir, para proteger el poder de Assad que persiste.

Lina ahora esta en su apartamento. Mira medio asustada por la ventana. La caída del régimen le enciende una mezcla de emociones. A sus veintitres años nunca ha vivido otro gobierno que no sea el de Assad. Creció bajo la sombra de su padre, un alto oficial del ejército. Cerca está su hermano Khalid, que no comparte el entusiasmo. Él ve las cosas diferente. Creció con el convencimiento de que la estabilidad que Assad traía a Siria valía más. Esa es su libertad. Ahora, con el derrocamiento del gobierno, Khalid se sabe atrapado entre dos fuegos.

“¿Estás celebrando esta locura?” Khalid preguntó con voz áspera, mirando a su hermana.

“No es locura, Khalid. Es libertad. ¿Por qué no lo entiendes? ¿Cuántos han muerto por este momento?” Lina respondió, su voz era temblorosa. Había perdido amigos antes. También murió una tía en un bombardeo anterior, y no podía evitar sentir que el sacrificio de tantos no había sido en vano.

“Lo que han hecho no es libertad, Lina. ¡No seas ciega! Es anarquía. Damasco está perdida. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Dejar que los islamistas nos gobiernen?” Khalid gritó, golpeando la mesa con furia. ¿Eso quieres?

Lina lo mira con tristeza. Sabe que su hermano se siente traicionado, pero lo que no alcanza a entender es su furia. Ella estuvo en las calles, vio las muertes, presenció la brutalidad y el dolor. No podía permitir que sus recuerdos se desvanecieran sin hacer algo al respecto.

“Estamos en guerra, Khalid. ¿Acaso no lo entiendes? Y no podemos permitir que el miedo nos controle. Ya basta de vivir bajo presión.”

Mientras aquella escena termina, la plaza de los Omeyas estaba llena de gente. Unos celebran, otros lloran, algunas simplemente observan en silencio. Sami permanece en la multitud, pero su mente sigue en otro lugar. De repente alguien lo empuja suavemente por detrás. Se gira y ve a una mujer mirándola con una mezcla de sorpresa y reconocimiento.

“¿Sami?” La voz de Lina tiembla. No puede creer que él estuviera ahí, en medio de la multitud. Sami había sido su compañero de lucha, pero distintas circunstancias los separaron cuando él se unió a las fuerzas insurgentes.

“Lina…” Sami respiró hondo, tratando de asimilar el momento. No podía evitar pensar en los años que habían pasado, en la historia que ambos compartían.

“¿Qué estamos haciendo, Sami? ¿Qué hemos logrado?” Lina pregunta con voz baja, sus ojos buscan respuestas en los de él.

Sami suspira. “No lo sé. Pero esto es solo el comienzo, Lina. No todo el mundo va a estar de acuerdo con lo que hemos hecho. Algunos lucharán por mantener el poder. Es así. Otros pelearán por un futuro distinto. No lo sé.”

Lina mira sus ojos nuevamente, espera encontrar alguna respuesta definitiva, pero no la hay. Solo encuentra un vacío, una inquietud, un silencio que atormenta. Ambos saben que nada es seguro, menos ahora.

En ese instante, una explosión retumba a su alrededor. La gente grita y empieza a dispersarse. Algunos corren hacia los refugios, otros permanecen quietos, petrificados. Sami y Lina se miran, sus corazones laten con fuerza.

“Esto no ha hecho más que empezar…” dijo Lina.

Sami asintió. “La guerra sigue de cualquier manera...”


Más tarde, en una casa hacia las afueras de la ciudad, Khalid se encuentra con un grupo de hombres. Van armados. Todos son antiguos soldados del ejército de Assad. En sus rostros no aparece un rasgo de derrota, solo una especie de odio y desesperación.

“Hay que tomar Damasco de vuelta. Si no lo hacemos nosotros, lo harán los islamistas,” dijo Khalid, su voz es grave y fría. Suda.

Uno de los hombres asiente. “Es hora de que tomemos el control. Si no, perderemos todo por lo que hemos luchado.”

Khalid sabe que este momento llegó mucho antes de lo esperado. Porque lo esperaba, sí. Muy dentro de él algo le decía que esto podía pasar. La ciudad está rota y él, con su lealtad a Assad, se confirma que solo la fuerza puede devolver el orden que también les quitaron por la fuerza.

 

La guerra hoy no es solo con las armas, sino de ideales. En Damasco los enfrentamientos entre los que apoyan la revolución y los que desean restaurar el antiguo régimen no cesan. Los disparos son cada vez más frecuentes, las explosiones más cercanas, las discusiones a cada instante. Y entre todo eso, Sami y Lina siguen buscando respuestas, se preguntan si realmente la libertad vale todo lo que han perdido. Se cuestionan si la estabilidad cuesta todo lo que han entregado.


Un día, en medio de un enfrentamiento, Sami y Khalid se encuentran cara a cara. Ambos saben lo que eso significa.

“¿Por qué sigues luchando por un gobierno como aquel?” Sami gritó, su voz rota por la furia.

“Porque es lo que soy. Es lo que he tenido, y otra cosa será peor al final. Tú no entiendes lo que es perderlo todo, Sami.” Khalid responde con el rostro contorsionado.

“Lo que hemos perdido no se puede comparar con lo que hemos ganado. La libertad, Khalid, es lo único que nunca podemos perder.” Khalid la miró irónicamente. Sami disparó otra vez y la batalla siguió, con ambos luchando por rumbos distintos.

La guerra no termina ni remotamente. Damasco, como buena parte del mundo, sigue siendo un campo de batalla, no solo de humanos armados, sino de visiones opuestas. El polvo aún cubre las calles, las cicatrices de la ciudad siguen abiertas y las estrellas en el cielo parecen ser el único refugio donde la esperanza aún tiene ganar vivir en paz. Tampoco hay vencedores claros, solo aquellos que persisten en la lucha, en la búsqueda de algo que ni ellos mismos a veces comprenden del todo.