"Vuela,
prÃncipe, vuela", gritó la multitud mientras sus alas de ceniza se cuarteaban bajo el sol. Cada pluma arrancada le robaba un año de vida, pero él
seguÃa, porque aún latÃa el recuerdo de su nombre. Ascendió hasta que el
reino se convirtió en plegarias. Antes de desvanecerse susurró: "¿Acaso alguien me llamó por mÃ, no por mi
vuelo?". El cielo devoró sus huesos. La turba saltó para atrapar las últimas plumas. Entonces, el niño de lágrimas en los bolsillos señaló el suelo: "Su
corona...".
Un latido.
Un latido. Era sal. Y la tierra los arrastró hacia raÃces que nunca existieron.
Un latido.
Un latido. Era sal. Y la tierra los arrastró hacia raÃces que nunca existieron.

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