Pensé que moriría en la celda 32 de “El Guatao”. Lo supe la noche en que los guardias me arrancaron los escritos de las manos y los quemaron frente a mí, letra por letra, como si mis palabras fueran bombas. Las cenizas dibujaron un mapa en el aire: la Habana que ya no existía, los nombres de los que callaron, los versos que nunca escribí. Pero no morí. Sobreviví a las fiebres que me hacían sudar poemas, a los interrogatorios donde me preguntaban por héroes en que nunca creí. Ahora camino con Daniel por una ciudad que huele a salitre, y me pregunto si lo peor no fue el encierro, sino este regreso a un país que se desarma como juguete viejo. "¿Por qué siempre caminas lento, abuela?", me pregunta él, mientras graba un TikTok frente al Capitolio. No le digo que arrastro los pies para no pisar las sombras de los que quedaron atrás, que cada paso me clava esquirlas del piso donde dormía en la prisión, abrazada a mis propias lágrimas.
Daniel nació en Miami. Volvió hace un año, seducido por influencers que venden la Habana como un museo de ruinas chic. No entiende que las revoluciones no se renuevan: se disfrazan. A veces me mira como si yo fuera una estatua descascarada, un monumento a algo que ni siquiera estudian en sus escuelas. "¿En serio te metieron presa por escribir?", pregunta frente al Malecón, donde el viento borra las voces igual que las olas. Le digo que nos metían presas por respirar hondo, por mirar demasiado tiempo el mar, por reírnos de los discursos que caían de los altavoces como mosca muerta. Él ríe creyendo que exagero, y sube la anécdota a Instagram con el filtro que usan para fingir nostalgia.
Fuimos al Parque Central, donde antes estuvo la estatua de Martí. Ahora hay un holograma de un dragón escupiendo fuego para anunciar una marca de ron. Daniel baila frente a la proyección, buscando el ángulo perfecto. Yo recuerdo las noches de 1986, cuando las poetas nos reuníamos aquí para leer a Lezama en voz baja. Nos llevaron a todas menos a Liana, que se ahorcó en la celda con una sábana. O quizás no: a veces veo su silueta en los bancos, deshecha por el viento, murmurando: Cuidado con las palabras que sobreviven, Camila. Son las más peligrosas. "¿Quién era esa loca?", pregunta Daniel, señalando a una mendiga que escupe contra el holograma. "Una fantasma", respondo, y él saca una selfi con ella para su colección de "excentricidades cubanas". Las noches son peores. Daniel sale a fiestas en solares convertidos en clubs underground, donde beben mojitos de mentiras hechos con hierbabuena de plástico. Yo me quedo en la casa, escuchando cómo las paredes gimen bajo el peso de tanta memoria mal enterrada. Abro el cajón donde guardo las únicas páginas que rescaté: fragmentos de un ensayo sobre la libertad. Estaban amarillas. Daniel las hojeó una vez y dijo: "Esto deberías subirlo a un blog, abuela, nadie lee papel ya". Ahora entiendo por qué los líderes derribados son reemplazados por logos de empresas: el olvido es más rentable que el mármol.
Ayer encontramos a Mariana en la calle Mercaderes. Fue mi celadora en El Guatao, una mujer dura que me rompió dos costillas durante un castigo. Ahora vende tours: "La ruta de las prisioneras políticas", anuncia su folleto con una foto mía joven y sonriente, robada de un archivo que creí quemado. "Eres tendencia, Camila", dice, abrazándome como si fuéramos cómplices. Daniel negocia un descuento para su canal de YouTube. Mientras hablan, noto que Mariana lleva una cadena con un dije de tanque de guerra. La traición también es un souvenir.
Hoy decidí llevarlo al bosque de La Habana, donde enterré mis últimas palabras bajo un árbol que ya no existe. Cavamos hasta que apareció la lata. Daniel lee en voz alta un pasaje sobre la esperanza y por un instante, solo un instante, veo en sus ojos algo que no es indiferencia: es rabia. "¿Y esto cambió algo?", pregunta, sosteniendo las páginas como si fueran reliquias de otra galaxia. El viento levanta hojas secas y restos de propaganda. Pienso en Liana, en Mariana, en las sombras del Parque Central. "Las palabras no cambian el mundo", digo. "Pero son piedras para que el olvido no cierre del todo la puerta". Daniel guarda los papeles en su mochila, junto a su laptop. No sé si los leerá. No importa. El silencio de las estatuas no es vacío: es un susurro que se cuela por las grietas del cemento. Y hoy, por primera vez, alguien se inclinó para escucharlo.