El primer par de tacones lo encontré en un baúl lleno de polillas, bajo la cama de mami. Eran rojos, con una hebilla que brillaba como lágrima. Tenía seis años cuando me los puse por primera vez: caminé tambaleándome sobre el piso del solar, mientras las vecinas reían. "Esa niña tiene el diablo en los tobillos", decían. Ahora Daniel hojea mis fotos viejas y señala una donde aparezco con los zapatos en las manos. "¿Eran de tu abuela?", pregunta. No le digo que los usé para patear a mi primer cliente, ni que el cuero guarda más historias que mis diarios. Mami era un cartel de cabaret. Labios carmesíes, uñas descascaradas. La abandonaron en 1987, cuando el Hotel Deauville cerró sus cortinas de terciopelo, y mi padre —un bailarín que olía a ron y cera para bigotes— se subió al escenario una noche y nunca bajó. Me dejó dos cosas: su risa de falsete y una canción que los borrachos canturreaban en mi puerta: Esa niña baila con los ojos cerrados. Daniel graba un Reel imitando mis pasos de rumba frente al Capitolio, ignorando que el ritmo lo inventé para ahuyentar fantasmas, para que el taconeo ahogara los pasos de los hombres que entraban al solar de la Calle Lealtad, donde las mujeres éramos flores de cemento y el retrete olía a desinfectante barato. La abuela mandaba con una cuchara de palo y un rosario de cuentas perdidas. "Aquí la única reina soy yo", decía, mientras repartía arroz con piedras y consejos. Yo coleccionaba billetes de un peso en una lata de galletas, hasta que a los catorce descubrí que podía cambiarlos por caricias que no dejaran moretones, por silencios que duraran lo que un cigarrillo. Las tías me enseñaron a leer miradas: "Si un tipo te ofrece cigarrillos mentolados, corre. Si te pide que le amarren los zapatos, corre descalza". Mi madre me usaba de carnada en los bares de la calzada. Mientras ellos le compraban mojitos con dólares falsos, yo mordía limones con sal y contaba los tacones rotos tirados en la acera.
Una noche, un turista español me regaló unos zapatos plateados. Los cambié por una caja de antibióticos. "El brillo es trampa", me dijo mami, y ahora, cada vez que veo una vitrina, camino más rápido, pero Daniel no entiende por qué aprieto el puño al pasar frente a las joyerías.
El intento de suicidio fue un sábado de carnaval. Mami me apretó contra su pecho de encaje amarillento y preguntó: "¿Te dolería si me vuelvo sombra de rumba?". Le clavé el tacón de su zapato rojo en el pie. No gritó. Al día siguiente, me llevó al Malecón donde mi padre nos encontró. Él venía con un traje de lentejuelas y una sonrisa de espejo roto. Mi madre le lanzó su otro zapato —un misil de cuero, la suela manchada de sangre menstrual—. Él me dio dos pesos envueltos en un papel con su número de teléfono. Compré un helado que supo a ceniza. Aún conservo la moneda que me devolvieron de vuelta, redonda y fría como su promesa.
Daniel encuentra el zapato en mi armario. Es el izquierdo, con la punta desgastada. "¿Por qué lo guardas?", pregunta. Le digo que es un recuerdo de juventud, no que lo usé para romperle la nariz al dueño del bar que quiso pagarme con mentiras, ni que lo pulí con mis lágrimas hasta que el rojo se volvió rosa. Ahora lo coloco bajo la almohada y cuento latidos cuando el miedo a repetir la historia me sofoca.
Visitamos el solar convertido en estudio de baile para turistas. En la pared donde solían colgar los trajes de lentejuelas, ahora hay un mural de Celia Cruz con zapatos de plástico. Daniel se toma un selfie con filtro vintage. Busco en el piso las marcas de mis tacones, pero el cemento fue cubierto con linóleo. De pronto, él se quita los tenis y pisa fuerte sobre el mural. La pintura se resquebraja. "Así se borran los pasos", dice, y pienso en las cucarachas que aún esconden migajas de nuestros bailes bajo el piso, en los zapatos rotos que siguen enterrados como raíces tóxicas. Hoy le muestro la azotea. No la de los músicos callejeros, sino la del palomar con sus historias. Con un clavo, tallo nuestros nombres en el zapato rojo: Camila y Daniel, 2047. Él frota la hendidura con su pulgar y se mancha de betún. "Sabe a rabia dulce", dice. Le tomo las manos y las coloco sobre mis caderas. Por primera vez en treinta años, alguien me sigue el ritmo sin pedir que cierre los ojos, sin querer borrar los taconeos que escribieron esta historia en el cemento.