En el distrito de
Neyuba, donde el hormigón de Manhattan se funde en las grietas de las casas
coloniales cubanas, Yumara Leyva luchaba contra un insomnio que habÃa comenzado
como una molestia y ahora era una sentencia. Las pastillas ya no surtÃan
efecto. Las noches se habÃan vuelto un archivo viviente de su piel. Al
principio, los recuerdos eran sutiles: el roce de su madre limpiándole una
herida de la infancia, el beso húmedo de un novio adolescente tras la fiesta de
quince, el tacto de una mujer en un baile clandestino bajo la lluvia. Placeres
dispersos, sÃ, pero pronto la memoria se hizo avariciosa.
Ernesto fue el
primero en regresar. No como un fantasma, sino como una vibración en las
terminaciones nerviosas. Lo supo una madrugada, cuando el ventilador de su
dormitorio dibujaba cÃrculos en el aire caliente y una mano familiar le
acarició la nuca. «Te extrañé», murmuró, y por un instante olvidó que Ernesto
llevaba una década muerto, ahogado en el mar durante un viaje de pesca que él
insistió en hacer pese a los pronósticos. Su aroma a sal y cigarros sin filtrar
la envolvió, y Yumara permitió que sus dedos —¿sus dedos?— desabrocharan su
camisón. Pero al abrir los ojos, solo habÃa sombras danzando en la pared.
—¿Qué siente
exactamente cuando dice que él la toca? —El doctor Valdés ajustó sus gafas de
carey, la mirada clavada en el cuaderno donde anotaba sÃntomas con letra
minúscula. Su consultorio, en el primer piso de un edificio con olor a moho y
jazmines, era un refugio de lógica en medio del caos.
—No son alucinaciones
—Yumara apretó los puños, sintiendo las uñas de Ernesto marcándose en sus
muslos bajo la falda—. Es como si mi cuerpo... recordara demasiado bien.
Demasiado.
El psiquiatra esbozó
una sonrisa paternal. Le recetó Lorazepam y le habló de sinapsis hiperactivas.
Pero cuando ella se inclinó para tomar la receta, su blusa se entreabrió,
revelando un moretón violáceo en forma de boca junto al seno izquierdo. Valdés
contuvo la respiración.
—Eso no estaba ahÃ
la semana pasada —murmuró.
—Él tampoco.
Las posesiones se
multiplicaron, pero ya no eran solo Ernesto. En el mercado, mientras compraba
plátanos, unos labios ásperos le mordisquearon la oreja al tiempo que una voz
susurraba en español antiguo: «Tu bisabuela nos debÃa un cuerpo».
En el cine, durante una escena trivial, unas manos callosas le cerraron el
cuello con una fuerza que la dejó sin aire, aunque la butaca a su lado estaba
vacÃa. Yumara comenzó a dormir con las luces encendidas, a grabarse en video, a
beber tónicos de ruda que compraba en el mercado negro. Pero una noche, tras
caer rendida sobre el sofá, despertó con algo dentro. Algo que se movÃa en su
vientre, ondulante, como un feto hecho de sombra.
—¿Qué harÃas si te digo que no soy solo yo? —le preguntó a Isabela dos dÃas después, en la librerÃa donde la joven trabajaba. Entre algunos libros borrados por el gobierno, bajo la mirada cegada del busto, Yumara le mostró los versos escritos en su espalda con sangre menstrual.
Isabela alzó una mano, deteniéndose antes de tocar las letras secas. Su
respiración se aceleró.
La respuesta fue una risa múltiple, un coro de voces que salÃan de su propia
boca.
—Tú.
—Cuéntame todo
—dijo, y en su voz no habÃa rastro del escepticismo del doctor Valdés, solo
urgencia—. Desde el principio.
Yumara obedeció.
Habló de las caricias que se volvÃan garras, de los susurros en lenguas muertas,
de la certeza de que algo antiguo la reclamaba. Isabela escuchó sin
interrumpir, sus ojos oscuros reflejando no miedo, sino una curiosidad feroz.
Cuando Yumara terminó, la bibliotecaria deslizó un dedo sobre el verso más
bajo: «La carne es el altar donde los dioses olvidados cenan».
—Tu bisabuela
—murmuró—. La santera. Esto es su letra, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mi abuela
guardaba sus cartas. DecÃa que tu familia tenÃa un pacto.
El beso fue
inevitable. Isabela la empujó contra una estanterÃa de madera carcomida, sus
labios recorriendo los versos ocultos bajo la blusa. Pero cuando Yumara intentó
responder, una fuerza ajena le torció las muñecas, inmovilizándola. Vio el
horror en los ojos de Isabela al notar las marcas de dientes en su cuello, dientes
que no eran los de ninguna de ellas.
La resistencia tomó
forma de ritual. Primero, Yumara enterró fotos de Ernesto en el malecón, junto
a la roca donde él solÃa pescar. Luego, quemó mechones de su pelo con incienso
de mirra, el humo dibujando espirales que se retorcÃan como serpientes. La
tercera noche, tras encontrar su cama inundada de algas podridas —el mismo olor
que tenÃa Ernesto al devolver su cadáver—, gritó hasta desgarrarse la garganta:
—¡Basta!
—No estás luchando
contra fantasmas —le advirtió Isabela al dÃa siguiente, mientras recorrÃan el
archivo secreto de la biblioteca. Entre manuscritos prohibidos, encontraron un
dibujo de la bisabuela de Yumara rodeada de figuras sin rostro—. Estás peleando
contra un contrato. Y los contratos... —Sus dedos se cerraron sobre el hombro
de Yumara, cálidos, reales— ...se renegocian.
Lo peor llegó en el
teatro abandonado de Calle Habana, donde Yumara solÃa interpretar a Ofelia en
producciones clandestinas. Entre telarañas y butacas rotas, se desnudó ante el
espejo del camerino, retando a las sombras:
—Si quieren mi
cuerpo, tómenlo. Pero con mi consentimiento.
Lo que ocurrió
después fue un aquelarre de memorias ajenas. Manos de conquistadores, esclavas,
amantes olvidados, la atravesaron en una coreografÃa perversa. Vio a Ernesto,
sÃ, pero también a la bisabuela santera cuyo espÃritu llevaba décadas tejiendo
este momento. Cuando Isabela irrumpió en el teatro, guiada por el cuaderno de
Yumara, encontró a su amante danzando bajo un haz de luna polvorienta, cada
movimiento una invitación, cada gemido un himno a lo que ya no podÃa controlar.
—Detente —suplicó
Isabela, agarrándole los hombros—. Puedes renegociar el pacto. Usar sus propias
reglas.
Yumara la miró con
ojos que ya no eran del todo humanos. Algo se arqueó bajo su piel, como una
serpiente nadando en aceite.
—¿Crees que no lo
intenté? —susurró. Su voz era un eco de sà misma, filtrada por siglos—. Ellos
ofrecieron algo a cambio.
—¿Qué?
Isabela retrocedió,
pero Yumara —o lo que habitaba su cuerpo— la inmovilizó con una fuerza
sobrenatural.
—Tu bisabuela no
solo legó deudas —murmuró, mientras labios invisibles mordisqueaban el lóbulo
de Isabela—. También legó amantes.
Los pescadores
cuentan que, en las noches de luna llena, dos figuras emergen de las olas cerca
del arrecife donde murió Ernesto. La primera tiene la piel cubierta de inscripciones
luminosas y los ojos vacÃos. La segunda, más joven, lucha por liberarse de un
abrazo que parece fundir sus cuerpos en uno solo. Su risa conjunta —una mezcla
de voces que incluye a Yumara, Isabela, la santera y algo ancestral— hace que
hasta los tiburones huyan.
En el consultorio
del doctor Valdés, ahora cerrado por «razones personales», las paredes están
cubiertas de fotografÃas de Yumara. En cada una, si se mira con atención, hay
una sombra extraña junto a ella: una mano en el hombro, una boca junto al
cuello, un perfil masculino que no es del todo español, ni del todo africano,
ni del todo humano. La última foto, tomada por una cámara de vigilancia frente
al teatro, muestra a Isabela entrando al edificio. Detrás de ella, escrita en
el polvo de la ventana, una frase en español antiguo: «Los pactos
siempre cobijan a dos».

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