Nairo Calvan jamás había creído en los paraísos que prometen las religiones, pero aquella noche, mientras la lluvia arañaba los cristales del motel NeoHabana Nights, descubrió que el infierno podía disfrazarse de éxtasis. Raquelina Valdés, con sus uñas pintadas de negro y un vestido que era más ausencia que tela, le tendió una copa de absenta donde flotaba algo que latía. «No investigas por tu periódico, Nairo», dijo, y su voz era caricia de cuchillo, «investigas porque en el fondo sabes que todo placer es sólo un sustituto… de esto». Bebió primero, y cuando el líquido resbaló por su garganta, Nairo juró ver diminutas raíces retorciéndose bajo su piel.
El almacén del muelle no olía a moho ni salitre, sino a sexo viejo y cera derretida. Allí, entre columnas cubiertas de grafitis que mostraban cuerpos fusionándose con sombras, Nairo presenció el primer ritual. Los adeptos, desnudos bajo túnicas translúcidas, se frotaban los pulsos con una sustancia brillante mientras cantaban: «La carne es espejo, el vacío es verdad». Raquelina, ahora con los labios teñidos de oro, tomó la mano de un joven llamado Yeray y lo guió hacia la estatua sin rostro. «¿Ves cómo tiembla?», murmuró ella, acariciando el aire a un centímetro de su pecho. «El miedo es la última frontera… y la más deliciosa». Cuando Yeray inhaló el polvo negro, su cuerpo se disolvió como azúcar en café. Durante treinta segundos exactos (Nairo los contó con el corazón golpeando las costillas), sólo quedó su gemido, un sonido que no era de dolor ni placer, sino de algo que había olvidado cómo ser humano.
—¿Volverá? —preguntó Nairo, sintiendo cómo el sudor le recorría la espalda.
Raquelina se rió, un sonido húmedo y bajo.
—Esa es la pregunta equivocada. Deberías preguntar… ¿en qué se convertirá?
La segunda vez fue en la bañera de hierro de un burdel abandonado. Raquelina lo desnudó con miradas, nunca con manos, mientras explicaba cómo los antiguos taoístas confundían el éxtasis sexual con la inmortalidad. «Ellos buscaban trascender a través del cuerpo», dijo, vertiendo aceite de canela sobre su clavícula, «pero nosotros trascendemos del cuerpo». Cuando sumergió su cabeza en el agua helada, Nairo no luchó. La oscuridad llegó como un orgasmo invertido: primero la contracción, luego la expansión infinita. Vio cosas. Manos que no eran manos acariciando universos en su columna vertebral. Una boca (¿de Raquelina? ¿De alguien más?) mordiendo el concepto del tiempo. Al emerger, vomitó flores marchitas y algo que se retorcía. Raquelina le limpió la boca con su propio cabello.
—¿Lo ves ahora? —susurró—. El placer no es más que el llanto de un bebé que extraña el útero.
Marisela llegó en su tercera semana de iniciación. Tenía ojos de gata y una cicatriz en forma de espiral sobre el pubis. «Ella es nuestra mártir», dijo Raquelina mientras la joven desabrochaba su blusa frente a Nairo, revelando pezones perforados con diminutos anillos de plata. «La única que ha regresado de más allá del umbral». Esa noche, en un cuarto donde el papel tapiz mostraba mujeres devoradas por enredaderas, Marisela le mostró el precio de la trascendencia.
—Aquí —tomó su mano y la guió a su espalda—. Toca donde los huesos deberían estar.
Su piel estaba caliente, viva, pero bajo los dedos de Nairo no había vértebras, sólo… vacío. Como si alguien hubiera extraído su esqueleto y dejado la carne intacta. —Cada vez que desaparecemos, algo se queda —Marisela lo besó, y su saliva sabía a ceniza—. Raquelina no te lo dice, pero es adictivo. Como venirte una y otra vez, sabiendo que cada vez te quedas un poco más vacío.
El ritual del espejo fue el punto sin retorno. Raquelina lo ató con cuerdas de seda roja que sangraban cuando se tensaban. «El dolor es el ancla», explicó, dibujando símbolos en su pecho con polvo de hueso. «Te mantendrá aquí… o quizás no». Los adeptos, ahora sólo sombras con susurros, comenzaron a cantar. Nairo sintió cómo el piso se abría, pero no bajo sus pies, sino en su mente. Cuando Raquelina se montó sobre él (sin tocarlo nunca, sólo rozando el aire alrededor de su erección), el mundo se partió en dos.
—Mírame —ordenó ella, y sus ojos eran agujeros negros—. Mírame y olvida.
La disolución fue distinta esta vez. No paz, sino una violación cósmica. Algo entró en él, o quizás salió. Vio a Yeray convertido en una constelación de gritos silenciosos. A Marisela siendo desollada por mil bocas sin dientes. Y a Raquelina… Raquelina era todas y ninguna, un tumor pululante de identidades robadas. Cuando volvió en sí, estaba encadenado a la estatua, con hierros candentes atravesando sus muñecas. Raquelina, ahora con el pelo blanco y la voz de Marisela, sonreía.
—¿Entiendes ahora? El vacío no es un lugar… es un verbo. Nos vaciamos para que ellos puedan llenarnos.
El último acto fue una ceremonia nupcial perversa. Raquelina lo desató, le lavó las heridas con licor, y luego lo penetró con un cuchillo de obsidiana mientras los adeptos gemían en coro. No hubo polvo ni brebajes. Sólo sus labios en su oído, diciendo la verdad última:
—No somos los que desaparecemos… somos las puertas.
Cuando la policía encontró el almacén, sólo había una grabadora con risas superpuestas y un artículo escrito en sangre sobre las paredes: «La única forma de ser libre es convertirse en jaula».
Años después, en un burdel de la Calle 42, un cliente pagó extra por una prostituta que prometía «hacerlo sentir como un dios». Cuando ella se montó sobre él, sus ojos brillaron con un fulgor familiar.
—¿Sabes? —susurró, mientras el hombre se disolvía en éxtasis—. El mejor orgasmo es el que te mata… pero sólo un poquito.
Y en algún lugar entre la nada y todo, Nairo (o lo que quedaba de él) entendió que el verdadero terror no era desaparecer… era descubrir que siempre había sido el juguete de algo que se alimentaba de sus gemidos. Ahora, cada vez que un nuevo adepto caía, sentía el placer de Raquelina, de Marisela, de todos los que habían sido antes. Era eterno. Era infernal.
Y, Dios mío, cómo disfrutaba cada instante.