En San Lorenzo el polvo se había vuelto piel. Las casas, agrietadas como costras, se derretían bajo un sol que no perdonaba. Irene caminaba con una jarra vacía hacia la plaza, donde la milicia de Mendoza repartía el agua en cucharadas. La cola era un reptil de miradas torvas y codos afilados. Hacía tres años que su hijo había muerto bebiendo barro, dos desde que su marido se colgó de una viga. Ahora solo le quedaba el terreno al norte, donde los huesos de su familia esperaban bajo una cruz de palo.
Fue el ruido de un cuervo lo que la llevó hasta el pozo. El animal picoteaba algo entre las piedras: una estructura circular, cubierta de musgo seco. Al acercarse, el cuervo alzó el vuelo dejando caer una pluma. Irene apartó las rocas con uñas sangrantes y allí estaba: un ojo de agua cristalina que reflejó su rostro descompuesto. Metió la jarra con manos temblorosas. Al beber, sintió el líquido correrle por la garganta como un beso helado.
Esa noche soñó con raíces. Serpenteaban bajo su cama, susurraban en una lengua de lodo y piedra. Al despertar, la jarra estaba llena otra vez.
El padre Esteban llamó a su puerta al cuarto día. Traía un cirio y una sonrisa de miel rancia.
—Dicen que el Señor te ha elegido —musitó, mientras sus ojos medían el nivel del agua en la jarra—. Un milagro en tiempos de prueba.
Irene le escupió en los pies. Pero cuando los hombres de Mendoza llegaron al anochecer con fusiles oxidados, fue el sacerdote quien los detuvo con un verso de la Biblia.
El pozo exigió su primer tributo al amanecer. Irene encontró el cuervo muerto junto al brocal, el cuello retorcido como un corcho. Sin pensarlo, lo arrojó al agua. La superficie burbujeó y subió dos dedos.
Pronto aprendió el lenguaje del trueque:
Una lagartija seca = 3 cm.
Una muela arrancada = 5 cm.
Una mentira confesada al oído del pozo = 7 cm.
Pero el precio crecía con la luna. La noche que Mendoza irrumpió con sus soldados, Irene ofrendó el anillo de bodas. El capitán se ahogó en un charco que surgió de la tierra, tragándolo como saliva espesa. Al día siguiente, el pueblo dejó gallinas decapitadas en su patio.
Cuando desapareció el primer niño, Irene empezó a oír risas en el pozo. Eran carcajadas de mujer, suyas, pero más jóvenes, que se multiplicaban en el eco. Padre Esteban la encontró bailando desnuda bajo la luna llena, vertiendo agua sobre su cabeza en un bautismo inverso.
—¡Estás bebiendo demonios! —rugió, blandiendo un crucifijo que se deshizo entre sus dedos como azúcar.
La última noche, el pozo le mostró su contabilidad: en sus profundidades flotaban los cadáveres de San Lázaro, hinchados como odres. El niño tenía algas en las pestañas. Mendoza sonreía sin dientes. Entre ellos, su propio reflejo ascendía: joven, sedienta, con los labios pegados al cristal líquido desde el otro lado.
Cuando el pueblo llegó con antorchas, solo encontraron el pozo rebosante. Bebieron hasta reventar. Ahora el agua sube sola cada noche, alimentada por nuevos sacrificios que nadie recuerda ofrendar.
En lo profundo, Irene mastica raíces. A veces llora, pero las lágrimas se pierden en la oscuridad que palpita. Espera. Pronto el espejo líquido mostrará otra cara hambrienta, otro nombre para añadir a la lista que susurra en sueños. El pozo siempre tiene sed.