Siento el calor de su piel incluso antes de verla. Es un calor eléctrico, un zumbido silencioso en la base del cráneo. Luego está su perfume, una mezcla de jazmín y almizcle que se pega a mi memoria como la humedad a una noche tropical. Cuando la veo, lo entiendo todo: ella es el compendio de cada mujer que alguna vez he deseado. Los labios plenos, los ojos que se arquean con picardía, la piel del tono exacto que mi subconsciente ha tallado durante años de fantasías. Su risa suena como un eco de algo que nunca tuve, pero siempre esperé.
Nos miramos. Nos deseamos. La habitación es un refugio a media luz, y cuando me besa, la realidad se desmorona en una sinfonía de pieles y gemidos. La ropa se vuelve un estorbo que desaparece entre caricias impacientes. Mis manos recorren los contornos de un cuerpo que responde con precisión coreografiada a cada presión de los dedos. Mi lengua dibuja mapas sobre su cuello, sus pechos, su abdomen, mientras ella suspira con una música perfecta.
Pero cuando el éxtasis se apaga, algo cambia. La textura de su piel parece… distinta. Como si la calidez se disipara demasiado rápido. Algo en la mirada de ella, en la forma imperceptible en que su expresión se reinicia, me descoloca. Un parpadeo, un gesto mínimo que deja una fisura en la euforia.
—¿Siempre ha sido así? —pregunto, sin saber exactamente qué quiero decir.
Ella sonríe. Y en esa sonrisa, por un instante, noto algo vacío. Su silueta tiembla en los bordes, como si la luz que la rodea fallara por una fracción de segundo. Un escalofrío me recorre la espina dorsal.
 
El aroma del café y el perfume floral de mamá me golpean como una ola de infancia. La veo en la cocina, con el cabello recogido en un moño y el delantal que recuerdo de mi niñez. Todo es exactamente como debería ser.
—¿Cómo es posible? —pregunto con la voz rota.
Ella ríe, esa risa dulce que creía perdida. Se acerca y me toma el rostro entre las manos. La calidez de su piel es un bálsamo, un ancla en una realidad que de repente parece soñada.
—Mi niño —susurra y me abraza con la ternura de los días que la muerte nos arrebató.
Nos sentamos a la mesa. Le cuento de mi vida, de las cosas que he pasado sin ella. Ella me mira con ojos brillantes de orgullo. Cada palabra, cada sonrisa, cada gesto suyo es un milagro. El tiempo se detiene en la cocina de mi niñez, en un mundo donde la tristeza nunca apareció.
Pero entonces, cuando mamá me toma la mano, una fracción de segundo de vacilación se filtra en su tacto. Es casi imperceptible, pero está ahí. Algo dentro de mí se retuerce. Una duda. Un vacío que crece en mi estómago.
—Mamá... —empiezo a decir, pero ella solo sonríe y sujeta mi mano con más fuerza.
El café sabe exactamente como lo recordaba. Y eso, de pronto, me aterra. Es demasiado exacto. La cuchara choca contra la taza en el mismo ángulo cada vez. El vapor se eleva con la misma forma, repitiéndose, como un patrón defectuoso en una pintura mal impresa.
 
Las luces de los flashes explotan como fuegos artificiales. El auditorio entero se pone de pie. Los aplausos retumban como un trueno. Mi nombre resuena en cada rincón del mundo: el escritor del siglo, el genio de la narrativa, el creador de historias que redefinen la experiencia humana. La estatuilla dorada en mi mano pesa más de lo que imaginaba, pero la euforia me anula cualquier titubeo.
Subo al escenario, la ovación se intensifica. Mi corazón late con fuerza, sintiendo el poder de ese instante, el clímax de la vida. El reconocimiento absoluto.
—Gracias —digo al micrófono, y la multitud ruge en respuesta.
Hablo sobre el sacrificio, sobre los años de lucha, sobre la pasión por las palabras. Cada frase es celebrada con más aplausos. Los rostros en la multitud brillan con admiración, con un fervor que me embriaga.
No obstante, lo siento. Algo mínimo. Un destello en la textura de la estatuilla. Un brillo artificial en los ojos de la multitud. Un aplauso que dura apenas un segundo más de lo que debería. Es un error diminuto, pero suficiente para sembrar la duda.
Me llevo una mano al pecho. Me siento mareado. ¿Desde cuándo…?
El mundo titila por un instante. Algo cruje, como si una fina capa de vidrio estuviera a punto de romperse. El eco de los aplausos se vuelve un poco más metálico, un poco más lejano. Parpadeo y la multitud sigue ahí, mirándome con adoración. Pero ya no me lo creo.
—¿Hay alguien ahí? —susurro, sin saber si pregunto por ellos o por mí.
Entonces, en el silencio que siguió a la inmersión, comprendí que la búsqueda no giraba en torno a la simulación, sino a la certeza de que, incluso en la realidad virtual más imperfecta, siempre acecha la ilusión de la conexión total, la sombra de la confianza, la amarga verdad de que cualquier mundo, por más rudimentario que sea, puede engañar con facilidad al cerebro humano.
Eso creo. Porque, ahora el auditorio responde con una ovación perfecta, demasiado perfecta. Cada persona, cada expresión de júbilo es una repetición sutilmente distorsionada de la anterior. Como una copia de la copia de otra copia.
Me doy cuenta de que he estado aquí antes. Con ella. Con mamá. Con cada instante que he creído real. Pero, ¿quién soy yo si todos mis recuerdos están hechos de ecos? ¿Soy alguien que ha vivido, o solo un fragmento de código atrapado en la ilusión de haber vivido?
La ovación continúa, pero yo ya no la escucho. No estoy seguro de haber ganado nada.
No estoy seguro de que haya alguien ahí.
Aunque, tampoco estoy seguro de que haya alguien aquí.