Camilo encendió el cigarro. La llama tembló en sus dedos, iluminando la cicatriz que atravesaba su mano, marca de cuando jugábamos en los solares de Centro Habana. Ahora, en nuestro banco del parque Almendares, bajo palmas que crujían como huesos viejos, él escupió cercano a la estatua de Martí, su base carcomida por el salitre:

—Coño, hermano, esto ya no es vida, es un velorio sin fin.

El aire tenía un sabor metálico, como si el mar hubiera vomitado su herrumbre sobre la ciudad. Ajusté la gorra, sintiendo el peso del clavo torcido que llevo en el bolsillo desde que mi padre murió. Lo acaricié, recordando sus palabras: «Un clavo doblao’ no se tira, hijo. Con paciencia, hasta lo más jodío’ sirve pa’ algo». Pero desde que Luis se fue, ese pedazo de metal me quemaba la piel.

 

I. Las raíces

Caminamos por Obispo. Turistas fotografiaban los baches donde el asfalto se abría como costras, dejando ver raíces de almendrón que reptaban bajo tierra. Camilo señaló una grieta:

—Mira, esto es Cuba: lo que crece pa’ adentro nos está comiendo vivos.

En la esquina de L y 23, el Che del mural nos miraba con ojos devorados por el moho. Camilo golpeó la pared, y un trozo de yeso cayó a sus pies.

—Cambiar duele, compay. Pero quedarse quieto…

Callé. El clavo en el bolsillo me arañó el muslo. Recordé a Luis a los doce años, arreglando su bicicleta con un clavo de mi taller. «Mira, tío, así queda mejor», decía, orgulloso de su chapucería. Ahora, cada vez que tocaba aquel metal torcido, sentía el peso de no haberlo seguido esa noche de diciembre, cuando amarró las cámaras de camión y me preguntó: «¿Te vas?».

 

II. El temporal

Una ráfaga de viento salado nos envolvió, llevándonos de vuelta a Varadero, 1987. Teníamos dieciséis años, corriendo bajo una tormenta que arrancaba palmas de cuajo. Refugiados en un bohío, comíamos arroz con huevo mientras Camilo gritaba: «¡El mundo se va a acabar!». Yo reía, mojado y libre, sin saber que décadas después ese mismo sabor a lluvia ácida me recordaría que el fin nunca llega: solo se transforma en otra cosa.

—¿Te acuerdas? —pregunté, mirando como las olas golpeaban el malecón con la insistencia de quien reclama lo que una vez le arrebataron.

—Claro —respondió Camilo, quitándose los zapatos—. Eras tan miedoso que temblabas con los truenos.

Metió los pies en el agua. Las cicatrices en sus tobillos, del Maleconazo del 94, brillaban bajo la luna como hilos de plata.

—El mar no tiene dueño —susurró—. Nosotros…

Un policía pasó rozando su porra contra el muro. Nos fuimos tarareando «Ojalá», pero la voz de Camilo se quebró en «…a tu viejo gobierno…».

 

III. El clavo

Dos años después, Camilo traía un Martí subrayado con rabia. En el parque, mientras pelaba un mango, soltó:

—¿Sabes por qué tu sobrino se fue?

El clavo en el bolsillo se clavó en mi piel. Luis tenía dieciocho años cuando me mostró su balsa: dos cámaras de camión y un motor reparado. «Tío, ¿te vas?», preguntó, esperando que dijera sí. Le dije que no, que un clavo torcido aún sirve si lo enderezas. Él se fue esa noche sin despedirse, dejando solo el olor a gasolina y el eco de su risa entre las paredes.

—Se fue porque aquí hasta los clavos nuevos se doblan —dijo Camilo, escupiendo la semilla del mango—. Tú te quedaste por cobardía, no por lealtad.

 

IV. La grieta

Hoy, frente a la pancarta de Galiano —Camilo pintado con raíces que le subían por las piernas, atrapándolo en el muro—, una anciana me ofreció un tamal.

—¿Irte? —rio al verme mirar el mar—. Niñito, aquí hasta el miedo tiene sabor a caldo de casa.

En mi bolsillo el clavo pesaba como un revólver. Lo saqué, torcido, oxidado y pensé en Luis lavando platos en Miami, en mi padre martillando muebles rotos, en Camilo hojeando a Martí como si las palabras pudieran parar balas.

Al doblar la esquina, un niño vendía clavos nuevos en la acera.

—¿Cuánto? —pregunté, sintiendo el metal frío en mi mano.

—Veinte pesos, tío.

Miré el clavo, su curva imperfecta que aún sostenía recuerdos. «¿Para qué quiero uno nuevo —pensé— si este ya sabe aguantar?». Lo guardé y seguí caminando.

 

V. La pregunta

La Habana respira entre grietas, indiferente. Camilo me llama cobarde. Yo le digo que Martí también murió por nosotros. Y en el malecón, donde el mar lame los nombres de los que se fueron, el clavo en mi pantalón susurra:

—¿Cuánto más?

No hay respuesta. Solo el sonido de un martillo golpeando en algún taller lejano, tratando de enderezar lo que el tiempo torció, mientras la ciudad, como un clavo viejo, se dobla, pero no se rompe.

Al menos… todavía.