La tarde se desangraba sobre el liceo, un coloso de piedra cuyas grietas guardaban ecos de risas ahogadas y portazos. JuliĂĄn, en la cornisa, observaba el hormiguero humano: taxis lanzando humo, estudiantes apresurados mordiendo bocadillos frĂ­os, madres arrastrando carritos con ruedas oxidadas. Su mano derecha acariciaba el borde desconchado del edificio; la izquierda, hundida en el bolsillo, apretaba una hoja doblada en cuarenta y ocho partes. «QuerĂ­a que supieras…», decĂ­a la carta, pero las palabras se habĂ­an corrido en tinta azul los dĂ­as que JuliĂĄn llorĂł sobre ella, convirtiendo las confesiones en manchas de mar.
Todo comenzĂł con un lĂĄpiz prestado.
Ella estaba sentada dos filas adelante, el pelo recogido en una coleta que se deshacĂ­a como pluma de ave. Cuando volviĂł la cabeza para pedirle un lĂĄpiz, JuliĂĄn sintiĂł que el mundo se desaceleraba: sus ojos eran dos pozos de miel bajo el sol de invierno, su voz un susurro de papel de seda.
—¿Me lo pasas? —dijo, señalando el lapicero sobre su pupitre.
Él asintió, mudo.
Durante semanas, JuliĂĄn llegĂł temprano para ocupar el mismo asiento, dejando caer voluntariamente su lĂĄpiz al suelo cada vez que ella entraba al aula. «Disculpa… otra vez», murmuraba, rogando que sus dedos rozaran los de ella al recogerlo. Nunca lo hicieron.
El dĂ­a que se atreviĂł a seguirla hasta la parada del bus, ella llevaba auriculares. CaminĂł tres pasos detrĂĄs, ensayando frases que se deshicieron cuando ella se girĂł bruscamente:
—¿Vas a ir al recital de poesĂ­a?
JuliĂĄn tragĂł saliva.
—No sabĂ­a que habrĂ­a uno.
—Ah —dijo ella, subiĂ©ndose la mochila al hombro—. Es hoy. VendrĂĄ… alguien.
La luz del semåforo le pintó las mejillas de rojo. Juliån nunca supo si fue un rubor o el reflejo de la señal.
Fue ahĂ­ donde lo entendiĂł: el «alguien» era un chico de chaqueta de cuero que recitaba versos sobre mariposas y revoluciones.
Ella estaba en primera fila, riendo con una complicidad que le partiĂł el pecho. El poeta alzaba las manos como si sostuviera el viento, y ella asentĂ­a como si cada palabra fuera un secreto compartido. JuliĂĄn se sentĂł al fondo, mordiendo la goma de su lĂĄpiz hasta que el sabor a caucho le recordĂł que algunas historias no tienen personajes secundarios, solo fantasmas.
Al salir, la vio correr bajo la lluvia hacia el chico de la chaqueta. Él le abrió un paraguas rojo, y Julián supo que ese color nunca sería suyo.
Una semana después, Juliån la esperó frente al baño de mujeres, el corazón latiendo como un påjaro enjaulado.
—¿Vas al ensayo de teatro? —le preguntĂł, sosteniendo un libro que ella habĂ­a mencionado meses atrĂĄs.
Ella lo mirĂł con los ojos entrecerrados, como si tratara de recordar su nombre.
—No. Tengo planes —dijo, ajustĂĄndose los auriculares antes de alejarse.
En su mochila, el libro quedĂł olvidado, junto a un chocolate que se derritiĂł sin ser tocado.
Ahora, en el borde del liceo, el viento le arrancĂł un estremecimiento. SacĂł la carta de su bolsillo. Las palabras «te hubiera dado todo» se habĂ­an fundido con una mancha de cafĂ©, formando una nube negra sobre el papel. RecordĂł las veces que pasĂł frente a su casa, fingiendo casualidad, o cĂłmo ensayĂł decirle «me gusta tu vestido azul» hasta que las sĂ­labas perdieron sentido.
Abajo, un niño soltĂł un globo. JuliĂĄn lo siguiĂł con la mirada mientras ascendĂ­a, escapando de las manos que intentaban atraparlo. «AsĂ­ soy yo», pensĂł. Un globo que nadie sostiene.
El primer segundo fue silencio.
El aire le arrancĂł los zapatos, dejando sus pies desnudos y frĂ­os. SintiĂł el viento cortĂĄndole las mejillas, llevĂĄndose consigo el olor a tiza y goma de borrar que siempre la envolvĂ­a. En el segundo, su mente no mostrĂł recuerdos, sino fragmentos: el lĂĄpiz mordisqueado rodando bajo un pupitre, el paraguas rojo cerrado en un rincĂłn, su madre dejando un plato de sopa frĂ­a en su habitaciĂłn mientras murmuraba «come algo, JuliĂĄn».
El tercer segundo fue el golpe.
No hubo estruendo, sino un crujido sordo, como un mueble viejo cediendo bajo un peso inesperado. Su cuerpo se doblĂł en un ĂĄngulo imposible, la cabeza girada hacia el mural del «NO». La sangre se expandiĂł lenta, dibujando una corona oscura alrededor de su crĂĄneo. En su mano aĂșn aferraba la carta, ahora manchada de carmesĂ­.
Un taxista frenĂł, maldiciendo.
—¡Loco de mier…!
La frase muriĂł al ver el cuerpo.
Se formó un círculo: mujeres con bolsas de pan, un repartidor en bicicleta, un niño que señaló el zapato perdido de Juliån colgando de un cable. Alguien llamó a una ambulancia que llegó cuarenta minutos después, sus sirenas ahogadas por el claxon de un camión cervecero.
Mientras cargaban el cuerpo, el viento arrancĂł la carta de su mano. El papel volĂł en espirales, se posĂł en un charco de gasolina y lluvia, y las palabras «querĂ­a que me vieras» se deshicieron en grasa y agua sucia.
Esa noche, su madre recalentó la sopa por tercera vez. Cuando sonó el teléfono, dejó el cucharón sobre la mesa y respondió con voz cansada.
—¿SĂ­?
Al otro lado, un silencio. Luego, un murmullo: «Lo siento, señora… Hubo un accidente».
El plato de sopa siguiĂł enfriĂĄndose en su lugar, frente a la silla vacĂ­a.
En el liceo, un conserje borrĂł su nombre de la lista de alumnos.
Ella llegĂł tarde, sus auriculares colgando del cuello como un collar de cables. Al pasar frente al mural, vio el charco con restos de papel pegados al suelo.
—QuĂ© asco —murmurĂł, evitando pisarlo.
En la cornisa, donde JuliĂĄn se habĂ­a balanceado, una paloma picoteaba migas de un bocadillo olvidado.