“Cuando naces, tú lloras y el mundo ríe.” 

“Cuando mueres, tú ríes y el mundo llora.”

La habitación olía a velón de coco y sudor antiguo. Agustín, tendido en su cama de hierro, escuchaba el crujir de la ceiba del patio. El cáncer le había devorado los pulmones, pero aún sentía la medalla del Ché sobre su pecho, oxidada como los murales de su escuela en Cojímar. Afuera, el cielo enrojecía. Su hija Lianet le frotaba las sienes con agua de albahaca, susurrando versos de Martí que él ya no entendía. Un gemido se le escapó —el mismo que lanzó al nacer en 1953— cuando una ráfaga de viento sacudió las ventanas. En el hospital Calixto García, a doce kilómetros, Marisol mordía una sábana al ritmo de las contracciones, y el chirrido de la rama de ceiba que se quebraba en el patio de Agustín resonó como un disparo en ambas habitaciones.
Los retortijones llegaban en olas. Yosvany, mecánico de bicitaxis desde que la fábrica de tabaco cerró y le arrancó dos dedos, contaba los segundos entre cada tsunami. "Respira, Mari", decía, pero ella solo veía manchas rojas tras los párpados, como el día que su abuela le mostró las fotos familiares devoradas por el moho. "Los recuerdos son fantasmas que pisan fuerte", le había dicho la vieja. En el pasillo, la santera Caridad —cuyo hijo había desaparecido en el Maleconazo, dejando solo un tambor con su nombre tallado— rezaba a Yemayá con siete monedas. El monitor sonó como un tambor, y Agustín, en su cuarto, sintió el primer hilo de resina deslizarse por el tronco de la ceiba.
Lianet encendió la vela de los nueve días. Deslizó un cuchillo bajo la cama, como le enseñó su madre. "La escuela…", balbuceó Agustín, imaginando las paredes descascaradas de su aula, donde había enseñado a Yosvany —entonces un niño flaco de manos inquietas— a deletrear "Patria" en una pizarra verde. "No es solo una palabra", le dijo el maestro, señalando el mural de Camilo. Ahora, en el hospital, la santera trazaba un círculo de harina de maíz alrededor de la camilla. "El ikú viene fuerte", murmuró al ver el cordón enredado en el cuello del bebé. Marisol, entre jadeos, escupió sangre en la sábana y recordó a su abuela: "Los nudos son telegramas de los muertos".
La ceiba sangraba resina por las grietas. Una rama cayó sobre el techo de zinc al mismo tiempo que Marisol, con un alarido que hizo vibrar los frascos de suero, alcanzaba los 7 cm. En el vértigo del dolor, vio a un hombre flaco de ojos verdes —los mismos que tenía Agustín en las fotos de la alfabetización— mostrarle semillas envueltas en un periódico de 1961: "Diles que las guardé bajo las raíces". Yosvany, limpiándose la grasa de las manos en el overol que usaba los domingos para pasear a Marisol, juró que el monitor dibujó un 26-7-1953 antes de apagarse.
Agustín sintió el frío. Luego, el zumbido que lo elevó sobre su cuerpo. Vio a Lianet llorar con la medalla entre las manos, luego fue arrastrado hacia la ceiba, cuyas raíces brillaban como venas de oro. Al cruzar el tronco, la resina le quemó la lengua con un sabor a tierra mojada y guayaba podrida. Flashes de su vida lo atravesaron: la cartilla de alfabetización en el '61, el olor a salitre durante el Mariel, las colas del pan en los 90… Hasta que un túnel de luz lo recibió con risas de estudiantes en un aula recién pintada. En ese instante, Marisol empujó. Un llanto agudo llenó la sala mientras la tormenta arrancaba el cartel de "Viva la Revolución" frente a la escuela abandonada. Bajo las capas de propaganda, asomaba el ala de un fénix pintado con azul ultramar.
Siete días después, Lianet esparció las cenizas de Agustín bajo la ceiba. Una brisa llevó partículas doradas al balcón donde Yosvany mecía a Ismael. El niño tenía dos círculos en el costado, como los de la medalla oxidada. En la calle, obreros retiraban escombros de un edificio soviético. Entre las grietas del concreto, crecía un arbusto de marpacífico.
—Dios escuchó —dijo Marisol, tocando la marca del bebé—. O algo lo hizo.
Yosvany señaló la libélula de cristal posada en el coche:
—Esa misma se rompió el día que nació.
Caridad, pasando frente a ellos con su vestido blanco y el tambor de Omar al hombro, respondió sin mirarlos:
—Las cosas rotas vuelan mejor. Aprenden a no chocar contra el mismo vidrio.
Ismael abrió los ojos verdes. En la escuela, el fénix ya tenía ambas alas: una roja como la tierra de Viñales, otra verde como los ojos de Agustín a los veintiséis años. La ceiba susurró, y el niño extendió la mano hacia el vacío. De las grietas del tronco, brotaron flores de guayaba. En la raíz más profunda, envueltas en un periódico de 1961, dormían semillas de palma real.
Caridad golpeó su tambor tres veces. En algún lugar, Agustín se rio.