Cada mañana Constancia hace lo mismo bajo las estatuas de mármol, barre las hojas caídas y las flores secas de las tumbas. Imagina sus historias enterradas que nunca verán la luz. Se corrompen en la oscuridad de otra noche, como sus muertos.
Otros barrenderos, encargados de limpiar las calles, dicen que la ausencia es letal, que ya no salen niños a jugar, ni se ven vecinos riendo como antes.
Y es que al final, aunque queramos mirar a otro lado o hacer poco caso al asunto, todo se ha vuelto parte de lo mismo. Dolorosamente es así: entre vivos y muertos ya no queda espacio, se reduce el tiempo, la quietud aplasta.