El filósofo y el ingeniero entran al laboratorio. Caminan hacia una mÔquina. Cuando llegan, ambos se paran frente a ella. En ese momento, Ethan Collins, el ingeniero, sonríe y pregunta:
- ¿QuĆ© me dices de esto?
El filósofo, Darío SuÔrez, fija la mirada en el robot que le devuelve un saludo.
Es un humano de última generación. En las clases de Posthumanismo, le enseño a mis alumnos qué significa ser humano cuando lo humano se transforma con tecnología.
Llegamos al punto donde no hay diferencias.
El ingeniero volvió a sonreír: precisamente, esa es la idea. Hacer mejores mÔquinas de los humanos o mÔs humanos a las mÔquinas.
¿De quĆ© forma te gusta enfocarlo?
La forma no importa si el resultado es el mismo. Respondió Darío.
Poquito a poco nos dieron los pasos para llegar hasta aquĆ­. Quisieron salvarnos fabricando un cuerpo y una mente actualizables. Nos hicieron creer que asĆ­ serĆ­amos mĆ”s libres, mĆ”s inteligentes, mĆ”s eternos, pero dentro de Ć©l –dijo seƱalando al humanoide- late lo mismo que en mĆ­: la obediencia al mercado que ahora vende prótesis contra el espĆ­ritu y algoritmos para la memoria.
Ese, sin lugar a dudas, es el resultado de nuestra evolución.
Es lo que enseƱo a mis estudiantes.
Y ellos, desde tal progreso, intentan hallar la esencia del ser humano.
No sƩ si la encuentren.