La tribu ya era tribu cuando el Estado no existía.
El fuego bastaba para agrupar, la palabra para decidir.
Pero una noche, alguien levantó un palo y gritó que era bastón.
Otro lo miró y dijo que era ley.
Entonces nació el Estado. Un invento de humo y piedra que puso orden en el caos.
Desde ahí se volvió padre y madre, juez y verdugo, cárcel y refugio.
Si protege todos lo celebran. Cuando oprime lo maldicen.
El Estado vive en matrimonio. Se alimenta del pueblo y viceversa.
Si el pacto se rompe el Estado cae.
A veces, el pueblo acusa al Estado de olvidarse de sus hijos, de cobrarles tributo y darles migajas.
A veces, el Estado acusa al pueblo de ser ingrato, de pedir siempre más, de no comprender sus cansancios.
Pero no hay divorcio posible. Al menos por ahora.
Si el pueblo se va, el Estado queda solo, como un esqueleto sin carne.
Si el Estado se apaga, el pueblo se dispersa, como polvo en el viento.
El Estado refleja lo que somos.
A ratos, es monstruo que devora.
A ratos, un faro que guía.
Y todavía hoy, en los ayeres de este presente, el Estado sigue buscando su forma.
Unos lo quieren más grande. Otros más pequeño. Todos distinto.
Él anda cambiando de máscaras, creciendo y encogiéndose, como si nunca pudiera definir en qué piel habitar.
¿Será que pueda extinguirse algún día?