Un joven y un anciano se encontraron en el
río. El agua bajaba turbia, arrastrando ramas y fango, como las memorias de un
monte que desapareció. El joven, mirando el barro que teñía su cauce, dijo que
el río estaba enfermo. El viejo, sentado sobre una piedra con la calma de quien
ha visto otras crecidas, respondió que el río siempre fue así, que no había
nada que curar.
Discutieron. El joven levantó la voz, el anciano sonreía entre dientes. Y mientras se enredaban en palabras, el río corría, frío.
El diálogo nació mucho antes que ellos. Cuando la primera chispa saltó entre dos piedras, ya existía: golpe contra golpe, hasta que el fuego encendió la noche. Desde entonces, los hombres han querido hacer de la palabra un puente, aunque muchas veces la conviertan en pared.
El diálogo es un viaje de dos. Uno camina hacia el otro, pero nunca del todo. Queda un espacio entre ambos, un terreno incierto, un campo abierto donde nadie manda. En ese oscuro de dudas vive el riesgo y la promesa.
El joven acusaba al anciano de no oír lo nuevo, de quedarse aferrado al pasado, como quien abraza un tronco en la tormenta. El anciano culpó al joven de impaciente, de creer que todo empieza en él, de no entender que el río necesita tiempo para limpiar sus aguas.
Se interrumpían. Se contradijeron. Se desafiaron. Pero, en ese forcejeo hubo algo más fuerte que el desacuerdo: la necesidad de decir. Porque si callaban la isla enmudecía, como una tumba sin epitafio.
El río borró las huellas. Cada palabra lanzada al aire caía al agua como una piedra que deja ondas. Algunas se deshicieron rápido. Otras, duraron más y se volvieron corrientes. Crearon nuevos caminos que ninguno de los dos sospechó.
No siempre el diálogo es sano. A veces abre heridas que sangran. Pero cuando es auténtico, incluso con el dolor, enseña. La palabra compartida, aunque arisca o punzante, da fe de que ambos estuvieron allí, atravesando el río, mirando de maneras distintas el mismo fango.
Los años pasaron y la duda sigue: ¿se habla para convencer o para comprender?
Tal vez el diálogo no nació para declarar vencedores. Quizás.
Fue así. En ese rincón de tierra insular donde el agua halaba ramas como sueños, el anciano y el joven siguieron hablando. Mientras el río, testigo paciente, continuó su curso hacia el mar.
Discutieron. El joven levantó la voz, el anciano sonreía entre dientes. Y mientras se enredaban en palabras, el río corría, frío.
El diálogo nació mucho antes que ellos. Cuando la primera chispa saltó entre dos piedras, ya existía: golpe contra golpe, hasta que el fuego encendió la noche. Desde entonces, los hombres han querido hacer de la palabra un puente, aunque muchas veces la conviertan en pared.
El diálogo es un viaje de dos. Uno camina hacia el otro, pero nunca del todo. Queda un espacio entre ambos, un terreno incierto, un campo abierto donde nadie manda. En ese oscuro de dudas vive el riesgo y la promesa.
El joven acusaba al anciano de no oír lo nuevo, de quedarse aferrado al pasado, como quien abraza un tronco en la tormenta. El anciano culpó al joven de impaciente, de creer que todo empieza en él, de no entender que el río necesita tiempo para limpiar sus aguas.
Se interrumpían. Se contradijeron. Se desafiaron. Pero, en ese forcejeo hubo algo más fuerte que el desacuerdo: la necesidad de decir. Porque si callaban la isla enmudecía, como una tumba sin epitafio.
El río borró las huellas. Cada palabra lanzada al aire caía al agua como una piedra que deja ondas. Algunas se deshicieron rápido. Otras, duraron más y se volvieron corrientes. Crearon nuevos caminos que ninguno de los dos sospechó.
No siempre el diálogo es sano. A veces abre heridas que sangran. Pero cuando es auténtico, incluso con el dolor, enseña. La palabra compartida, aunque arisca o punzante, da fe de que ambos estuvieron allí, atravesando el río, mirando de maneras distintas el mismo fango.
Los años pasaron y la duda sigue: ¿se habla para convencer o para comprender?
Tal vez el diálogo no nació para declarar vencedores. Quizás.
Fue así. En ese rincón de tierra insular donde el agua halaba ramas como sueños, el anciano y el joven siguieron hablando. Mientras el río, testigo paciente, continuó su curso hacia el mar.

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