Cuentan que hubo una vez un hombre cualquiera sentado en un banco frente al mar. La tarde estaba gris. Lloviznaba. Nadie sabía de dónde salió, ni qué buscaba él allí. Una muchacha, quién sabe por qué, de repente se dejó caer a su lado. Iba llorando y temblorosa. Un hombre cualquiera, sin mirarla la abrazó. Le habló del viento que llegaba de alguna parte y de cómo traía el olor a tierra mojada. Ella, contra toda lógica, sonrió.
También un viejo se detuvo frente a ellos. Arrastraba sus pies hinchados, con hambre y cansado de andar. Un hombre cualquiera lo observó, le dijo que esa noche habría luna llena, redonda como una moneda que nunca se gastaba, que podría pedirle con fe. El viejo levantó la cabeza, buscó el cielo ahora más claro, y por un instante olvidó el dolor.
Quién sabe cómo, un hombre cualquiera después desapareció.
La mujer se levantó tranquila. El anciano siguió caminando seguro. Y el banco quedó vacío como siempre, frente al mar.
Tan rápido fue aquel rescate que nadie supo del momento. Tampoco sintieron que el aire fue más fresco por un rato. Ni que, a pesar de ser tan solo una brisa, bastó para respirar mejor.