Ɖl es uno de los Ćŗltimos comulgantes. AsĆ­ llaman en San Jacinto a los pocos que todavĆ­a se reĆŗnen, cada tarde, en la vieja casa comunal. Ya nadie entiende por quĆ© asisten, si no queda cura ni sermón, ni pan, ni cafĆ© que dar.
Hace sesenta años que Bernardo llegó desde un pueblo perdido en el mapa y puso pie en la estación. Creyó haber encontrado allí la mesa donde todos cabían. Era demasiado joven.
En aquella Ʃpoca las manos alcanzaban para sembrar. Las voces se confundƭan en un mismo canto. El pan partƭa en dos el hambre y el hambre, al partirse, dejaba sitio a la risa.
La suerte quiso a medias. Los campos se secaron, las fÔbricas se apagaron y la mesa se fue achicando hasta hundirse en un rincón.
Aunque Bernardo sigue ahƭ, sin mƔs herencia que una bandera, compartiendo su sombra con quienes lo apoyan. Ya no hay viandas. Se sirven palabras. Tampoco queda cafƩ. Pero el agua del vaso se pasa de mano en mano, como un culto incomprendido.
Varios se alejan. Los llaman locos, enfermos.
Una tarde llega Abel, el artista de las contradicciones. Se sienta a su lado. La comunión le parece, absurda: un rito de pobres, una ceremonia con dioses en peligro de extinción.
Bernardo, que apenas tiene voz, levanta su cuchara vacĆ­a y la ofrece, como si brindara.
—AquĆ­ nadie estĆ” solo —comenta.
Lo dice y muestra un retrato arrugado, desteƱido por el tiempo. Es la foto de hace medio siglo. Muchos levantaban los brazos como si rozaran el cielo. En la imagen persisten todos iguales: soƱadores, libres… inmortales.
—Nos esperan —agrega.
En algĆŗn refugio de la memoria, posiblemente en ninguna parte, la mesa sigue tendida. Interminable. Aguarda a que vuelvan sus hijos. Los que aĆŗn creen que compartir el pan es la Ćŗnica manera de comer.