Caminó por la calle como una posibilidad.
Fue cuerpo, sí, y también la compilación
de pasos que dejan huellas en el aire.
El semáforo la detuvo como un muro,
sus ojos ya estaban del otro lado
brillando en un cristal inexistente.
Recordó a Zul —la de carne, la de nube—
que la amó con manos y algoritmos,
que dejó su aroma en otro cuarto
y su voz, grabada en cintas de silencios.
Todo en ella era un futuro pasado,
partícula de un tiempo indefinido,
onda de un amor sin colapsar.
Sintió entonces
que nunca estuvo sola,
y caminó.