Ella lo vio sentarse antes de que cruzara la puerta.
Llevaba el abrigo que olvidó en aquel tren hace años, o tal vez aún no lo perdía. Era el mismo rostro, ahora distinto. No sabría decir si por el tiempo o por la distancia entre lo que uno recuerda y lo que es. No se saludaron. Tampoco fue necesario porque cuando alguien llega a un lugar sin memoria, los gestos se vuelven anclas.
Él miró sus manos mientras las movía, incrédulo de que les pertenecieran. Dijo algo y el sonido fue exacto, como si lo hubiera ensayado durante años, o estuviera atrapado en una frase que no terminaba de decir. Ella respondió desde otra parte: desde la añoranza. La conversación se desplegó. Las palabras fueron eco y presente, futuro y descubrimiento de un enigma.
Una mosca cruzó el aire, trazando una curva que parecía dibujar la forma del momento. Ambos la siguieron con la mirada, sabiendo que ese instante era más frágil que el cristal de la ventana. Afuera el cielo se nubló. Adentro, el aire olía a algo que solo se entiende desde la muerte.
Ella le preguntó si era feliz.
Él dudó en responder. Lo pensó tan profundo que la respuesta comenzó a ocurrir sin pronunciarse. Vino la imagen del perro corriendo por la playa al amanecer, de la mujer con los pechos contra su espalda, del día en que se quedó leyendo el mismo párrafo durante horas, sin poderlo comprender.
Todo eso fue la respuesta, y no bastaba.
Esta vez, ella apoyó la cabeza sobre su hombro. Sintió un movimiento. Es así cuando el sueño se desvela por una intuición. No habló más. Él supo que iba a decirle un secreto.
El reloj en la pared marcaba una hora ilegible. Las manecillas no giraban, aunque todo a su alrededor envejecía. Las flores se inclinaban hacia una luz sin fuente. Una silla vacía se movió. El abrigo ya no estaba en su rincón.
Ella se despidió con una mirada, y él no la había visto llegar. Cuando parpadeó el lugar se transformó. El silencio no. Sobre la mesa seguía una taza que no recordaba haber sostenido. En la ventana permanecía una sombra.
Se levantó sintiendo que sus piernas todavía respondían. Al salir la puerta quedó entreabierta. Caminó desconociendo desde cuándo lo hacía. A veces, los pasos son decisiones anteriores al cuerpo.
Y mientras andaba sin destino, sin tiempo ni espacio definido, comprendió —sin palabras, sin lógica, sin razón— que no todo lo que desaparece deja de existir.
Hay cosas que vibran en lo alto sin caer jamás.