Cuando se sentó frente a la ventana, la lluvia bajaba en líneas que no tocaban fondo, y el humo del cigarro subía en espirales sobre los recuerdos. Bebió brandy de Jerez. Quemaba y rehacía a la vez la memoria de un cuerpo extraño. Manos que temblaban, gestos que acercaban y alejaban simultáneamente. Afuera, los paraguas pasaban sin verla, sin entenderlo, arrastrando el murmullo de una ciudad que ignoraba su presencia. El vidrio devolvía fragmentos de sí misma, distintos y familiares, reprochables. Cada sorbo enterraba anhelos, cada exhalación lanzaba el suspiro de un tiempo infinito. Cerró los ojos y respiró. El silencio persistía, se doblaba sobre sí mismo, y el humo daba más vueltas, girando hasta un lugar donde quizá nada coincidiera, pero todo se desvanecía. Ella se dejó arrastrar hasta perderse en la lluvia, y el humo volvió a girar.