Simón llegó antes de que abrieran la estación. La
luz no tocaba aún los rieles y el aire tenía ese silencio que precede al
movimiento. Caminó entre los andenes sin mirar los números. Había dormido poco.
Sentía seca la boca, un ardor en el estómago y presión detrás de los ojos. Se
sentó en un banco de madera, apoyó la mochila entre los pies y trató de relajar
el cuerpo. No pensaba en Lucía. No todavía.
El primer tren llegó sin mucho ruido. Varias personas bajaron vestidas con ropa de entretiempo. Nadie parecía reconocerlo. Simón
las observó pasar como si fueran parte de una película que ya conocía. Se llevó
la mano al rostro y notó el pulso bajo la piel. No sabía bien por qué había
ido. Miró la hora en el teléfono, pero no la registró.
Entonces la vio.
Lucía bajando del segundo tren. Llevaba el pelo recogido, una bufanda y la misma forma de caminar que él recordaba: serena, contenida, como si avanzara dentro de un pensamiento. No buscaba a nadie. Caminaba como si no hubiera venido por él. Simón se levantó sin pensarlo. No gritó. Caminó hacia ella.
Cuando sus miradas se cruzaron, Lucía no cambió el gesto. Se detuvo. Él también.
—No estás igual —dijo ella.
Simón no respondió. Había algo en su mirada que no podía traducirse. Era Lucía, pero también no. El recuerdo tenía otra temperatura, otro brillo. Lo que fuera, no coincidía del todo con lo que tenía frente a sí.
Salieron de la estación sin hablar. Lucía sacó un paquete con galletas y se las ofreció. Comieron mientras cruzaban el puente. Abajo el río sonaba sin fuerzas. Simón pensó que el agua seguía fluyendo incluso cuando nadie la miraba. Recordó que una vez ella había dicho algo parecido, aunque no lograba recordar cuándo ni dónde.
Pararon en una esquina. Lucía le pidió que no la siguiera más. Simón no entendió al principio. Ella repitió la frase sin remordimientos. Parecía avisar que entraría en un lugar donde no se permite acompañante. Él sintió una mezcla de miedo y resignación, Alguien estaba a punto de cerrar una puerta desde el otro lado.
—No vine por ti —dijo Lucía.
Luego se alejó sin despedirse. No apuró el paso. Simón la vio desaparecer detrás de un auto detenido. No la siguió.
Volvió caminando hasta la estación. Compró una botella de agua. Se sentó en el mismo banco. Cerró los ojos. Recordó el día en que Lucía lo dejó por primera vez: la luz era distinta, pero el aire tenía el mismo olor a humedad. Y ahora esta.
No supo si era el final, ni tampoco otro comienzo. Solo sintió con claridad que algo había vuelto a ocurrir. No igual ni distinto: algo que el cuerpo reconocía, como una curva que ya había doblado, pero desde ángulo distinto.
Se quedó un rato más. Luego se levantó.
El siguiente tren se anunciaba por el altavoz, y el sonido le pareció el mismo de aquella vez, solo que ahora lo escuchaba desde otro lugar.
Entonces la vio.
Lucía bajando del segundo tren. Llevaba el pelo recogido, una bufanda y la misma forma de caminar que él recordaba: serena, contenida, como si avanzara dentro de un pensamiento. No buscaba a nadie. Caminaba como si no hubiera venido por él. Simón se levantó sin pensarlo. No gritó. Caminó hacia ella.
Cuando sus miradas se cruzaron, Lucía no cambió el gesto. Se detuvo. Él también.
—No estás igual —dijo ella.
Simón no respondió. Había algo en su mirada que no podía traducirse. Era Lucía, pero también no. El recuerdo tenía otra temperatura, otro brillo. Lo que fuera, no coincidía del todo con lo que tenía frente a sí.
Salieron de la estación sin hablar. Lucía sacó un paquete con galletas y se las ofreció. Comieron mientras cruzaban el puente. Abajo el río sonaba sin fuerzas. Simón pensó que el agua seguía fluyendo incluso cuando nadie la miraba. Recordó que una vez ella había dicho algo parecido, aunque no lograba recordar cuándo ni dónde.
Pararon en una esquina. Lucía le pidió que no la siguiera más. Simón no entendió al principio. Ella repitió la frase sin remordimientos. Parecía avisar que entraría en un lugar donde no se permite acompañante. Él sintió una mezcla de miedo y resignación, Alguien estaba a punto de cerrar una puerta desde el otro lado.
—No vine por ti —dijo Lucía.
Luego se alejó sin despedirse. No apuró el paso. Simón la vio desaparecer detrás de un auto detenido. No la siguió.
Volvió caminando hasta la estación. Compró una botella de agua. Se sentó en el mismo banco. Cerró los ojos. Recordó el día en que Lucía lo dejó por primera vez: la luz era distinta, pero el aire tenía el mismo olor a humedad. Y ahora esta.
No supo si era el final, ni tampoco otro comienzo. Solo sintió con claridad que algo había vuelto a ocurrir. No igual ni distinto: algo que el cuerpo reconocía, como una curva que ya había doblado, pero desde ángulo distinto.
Se quedó un rato más. Luego se levantó.
El siguiente tren se anunciaba por el altavoz, y el sonido le pareció el mismo de aquella vez, solo que ahora lo escuchaba desde otro lugar.

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