Cuando llegas a un lugar donde estuviste antes y la experiencia no fue buena, sientes una sensación parecida a la primera. Aunque hayas vuelto muchas veces. Esa marca prematura de tu relación con el entorno y los seres que lo habitan, nunca llegan a olvidarse por entero. El impacto recibido se encarga de que así sea. Como el golpe en el mentón por una pelea de niños. O como esa persona que, aunque no sea santo de tu devoción, debes aceptar en el santuario de la hipocresía. Como la cicatriz en tu piel. No la quieres, pero va contigo. Un queloide espiritual en los subterfugios del cerebro. Y si lo miras recuerdas el instante de los hechos.

Cuando entras a un espacio de esos, no importa que los ánimos ya sean distintos. Los flashazos reaparecen como una película de tensión. Un terror psicológico que revives sin querer. Ella sí. La mente reserva una butaca para los restos del ayer. Pensamientos que se esconden, pero salen cuando los invocan, provocados por el lugar donde estés u otro detonante cualquiera. Son sólo pretextos para restregarte en silencio lo vivido. Pero sabes algo: esa es la clase donde más aprendo. Me enfoco en superarla, mirar adelante. Además, la familia y los amigos, los buenos de verdad, juegan un rol esencial en este juego de altibajos.