Había llegado de la calle, de hacer los mandados y sortear obstáculos, cuando repartimos las tareas del hogar. Y adivina qué: me tocó hacerle monerías a Samuel. Escribí este pasaje mientras improvisaba una canción de mi infancia para él. Una que no conoce, ni su hermana tampoco, pero igual se reía. Sonreía con los gestos de Voltus cantando para unirse. Por supuesto, además de "cantante", yo también era "actor". A pesar de los bostezos y las ojeras. Interpretaba al robot con sus movimientos de lucha. Una parodia de ellos. Y Samuelito sonreía agitando los brazos, como si quisiera alcanzarlo.
Yo lo acompañaba, pero mi humor no. El coche era la butaca para el espectáculo. Su nave espacial. Voltus saltaba entre los asientos, esquivó un florero, tecleaba con una mano. Luego, metió la otra en el bolsillo para desenfundar su espada, y descubrió el papel. No recordaba. Un plegable que alguien me dio en la tienda donde compré tras la cola. Que Dios te bendiga, me dijo al entregarlo. Gracias hermano, le contesté sin titubear, en tanto aceptaba su presente. Samuel se puso serio con la inercia de Voltus. Sacó la espada, es decir, el folleto, y me paré por un instante. Quería leer su mensaje. 
¿Amor o deber? Ese era el título del texto, y detrás la imagen de un niño con la mirada perdida. Al fondo, un puente de hierro y el paso del tren. Más allá, la bembita de Samuel como intentando bajarse de la nave, aunque no pudiera, para rescatar a su Voltus.
Adentro del plegable se narraba una historia. Era de un hombre. Él tuvo que tomar una decisión desesperante. Salvar la vida de su hijo arrojado a un río profundo, o bajar el puente por donde pasaría un tren cargado de personas...
No me atrevo a revelarte lo que al final pasó. Tan sólo cogí a Samuel y lo abracé. Él lloraba. Fue un abrazo intenso, ya sin bostezos. Después le di un beso y cerré los ojos. Su llanto, al contrario de mi conciencia, se calmó.