El
despertador de hoy no tuvo comparación: "¡Concha café!". Sonó a las
siete y cuarto, en la voz de mi vecina. Un "reloj solidario", que
acostumbra a regalar café. Sobre todo, al custodio de al lado. Su amiga de
confesiones en cada turno de guardia. Ellas aprovechan para actualizarse del
barrio, y de paso levantar a los vecinos: de la cama o de sus tumbas. Este
¡bendito despertador! se oyó una, dos, tres veces. Y nadie lo apagaba. Y Samuel
que se movÃa, con la cuna revuelta. Mi mente también. Estaba despierto... y
alterado, en este domingo que tiende a repetirse. Más aún con el retumbar para
Concha en mis oÃdos: ¡café! Ese era el eco que rebotaba entre las paredes del
cuarto. No podÃa creer lo que premeditaba por culpa de él. De esa infusión para
levantar el ánimo, no mi estrés. Ideas que pinchaban mis neuronas para
silenciar aquel despertador, de una vez y para siempre. Antes de salir en la
radio. AlevosÃa total.
No
puede ser, pensaba. No puedo acabar con ese despertador. No de esta manera,
recalcaba, en tanto me destapé. ¿Por qué maquino la forma de martillarle las
campanas y astillar su cristal? Yo no soy asÃ. ¿Qué me pasa? Es sólo el pregón
de un café para Concha. El mismo de todos los domingos. Nada más. Un simple
trago. Y ya hablé con mi vecina cuando nació Samuelito. Pero, al parecer no
entendió, y tengo que comprender. ¿Qué debo entender? Me interrogaba mirando
las grietas en el techo. Qué debo sacarle los engranes al "reloj"
para callarlo. Cada uno de ellos, hasta dejar su maquinaria inservible. Y que
sus flejes se disparen, y su cuerda se arruine. ¿Eso debo? InsistÃa en mi
interior. ¿Eso debo? SÃ, contestaba el instinto. No, refutó la razón.
Pensaba
en eso ya de pie, estresado, apenas amaneciendo. ¡No es posible! RepetÃa en mi
conciencia, frente al niño. No es posible que quiera dejar a Concha sin café, y
al vecindario sin alarma. Total, si se ha vuelto un hábito. Me compadecÃa en la
rutina. ¡Una mala costumbre! Replicaba la ira.
Me daba miedo al escucharme. Pero, Samuelito logró calmar el ambiente, con su gorjeo
y las sonrisas, para no convertirme en "relojero". En eso sonó el
despertador de verdad. A las siete con treinta minutos. DebÃa prepararme para
ir a la radio.

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