Cada día se generan decenas de historias. A veces sin guardar ninguna relación. Pequeñas realidades que, si te detienes a pensar, dicen bastante. Quizá, más que sus propias palabras. Hoy fue un ejemplo de esos. Estuve en varios lugares para resolver algunos problemas. Quería no dilatarlos más.
Adonde llegué primero, la conserje limpiaba alrededor de una urna cuando dijo: sacaron la bandera de aquí, y mira como el comején se está comiendo esto.

Después estuve en otro sitio, frente al mostrador de una tienda. Y la muchacha delante de mí, en la cola que parecía interminable, miraba el producto a un costado del estante: mango de cerdo, murmuraba, y movía la cabeza en señal de incomprensión. No puede ser, refirió antes de tocar a la amiga para salir de dudas. Luego, vi como fijó más la mirada y sonrió: magro de cerdo, le afirmaba la otra dándole un ligero golpe en el hombro. Mija, tú estás ciega, sentenció con tono de broma. Tuve que disimular la risa.

La última gestión fue en la farmacia. Una cerca del trabajo. Pero de allí será mejor no contarte demasiado. Sólo decir que me atendieron desde afuera, con una ventanilla de por medio. Y la contesta de la dependiente... Aquel irónico «no», sin siquiera levantar la vista del papel, fue suficiente para pensar en epidemias, interrupciones, y más. Pero, sobre todo, sirvió para arruinarme la noche.