Sonó el teléfono y fue Paula quien contestó. Dijo un «diga» con su timbre infantil. La novela estaba en el caos de una discusión. La misma de capítulos anteriores entre dos protagonistas. «Es contigo papá», respondió la niña. Cambió el semblante cuando lo dijo. «¡No puede ser!» Se oyó en el televisor. Paula ya sabía lo que venía, por el teléfono, digo. «Será de oriente», murmuré. Pensaba en voz alta con toda intención. «No puede morir», suplicaba la mujer en la pantalla. La cara de Pau me convenció. Su rostro de complicidad, con esa llamada a las diez y tanto de la noche. «¿Qué vamos a hacer ahora?» Se decían en la última escena.
Lisset tan sólo me miró. Yo entendí su silencio. Fue como de asombro. Estaba lista mi escena. «¿Qué pasa?» Preguntó ella cuando yo aún tenía el manófono en una mano. No le respondí. La niña cerró los ojos. Estaba inquieta. El tono de ocupado seguía al otro lado del teléfono. En el televisor empezaba a sonar la canción del final. Paula se contenía con las manos bajo la almohada. «Era tu mamá», tan sólo le susurré a Lisset... Luego, se me abultaron los buches. Pau sacó a la luz el celular escondido, y yo, sin salida aparente, estallé en una carcajada que dio al traste con aquel caos del jueves por la noche. Y no fue precisamente el de la novela.