-No va a resultar papá, -decía sollozando cuando supo lo del tiempo-. Me van a descubrir, -repetía-, en tanto se secaba las lágrimas. Y acto seguido, cuando volvía a pensar en lo ocurrido, o peor, en lo que no había sucedido, el llanto se reanudaba. Le expliqué que eran casi las ocho y llegaríamos tarde; aunque ella no entendió. Intentaba abrir la mochila, pero no la dejé.
- ¡Que te sirva de experiencia! -Reclamé sin titubear-. Ella dijo algo bajito, y siguió en el empeño de abrir una libreta. - ¡Te dije que no! -Refuté metiendo el cuaderno adentro de la mochila-. Después, mientras se la colocaba en la espalda, le advertía que la escuché, pero me haría el de la vista gorda. Mejor que engordara mi visión, y no que sus piernas se enrojecieran.
- ¡Papá no, papá! -Me van a regañar. -No, Paula. Tenemos que irnos ya -contesté, y salí hacia el jardín-. Vamos -le dije-. Vamos para ver si puedes hacer algo antes que llegue la maestra. -Me van a descubrir papá -decía con los pómulos humedecidos-. Y yo, de manera conclusiva, ya de camino a la escuela, sentencié: ¡tienes que grabártelo Paula, la tarea es sagrada, no se te puede olvidar! Ella hizo silencio.