Entré,
y sentí un sobresalto. Estaba en una casa decorada con lo suficiente para
vivir. Limpia y organizada. Pero, le falta algo. Varias sillas alrededor de una
mesa servida. Las paredes con dibujos animados. En los cuartos, las camas en
fila. Unas siete por cada uno. Mas, se siente el vacío. Me pongo en su lugar,
aunque no es suficiente. Nada es igual desde afuera. Menos, si no fuiste
abandonado.
Pienso
en los rostros desconocidos todavía. Esos que vine a estrecharles la mano, y
abrazarlos tan sincero como pueda. Lo necesitan. Añoran sonrisas que juntas
borren sus pesimismos. Abismos rellenos con muestras de alegría. Un puente de
afectos para seguir respirando. Será la próxima semana. Hoy tan sólo fuimos un amigo
y yo. Pasamos a coordinar la entrega de regalos. Presentes que enciendan esa
chispa en sus ojos: la luz del regocijo para los niños amparados. La fuente de
esperanzas para la vejez.
Ojalá con ellos suceda algo parecido. Es lo que más
deseamos la próxima semana: que se prendan sus pupilas, y no les falte un
refugio. Aunque no sea de su sangre. Será el viernes que viene.
El barranco es grande, pero quienes evitan con su entrega que ellos caigan por él, son inmensos.
El barranco es grande, pero quienes evitan con su entrega que ellos caigan por él, son inmensos.



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