No fue hasta
ahora que decidà escribir con más detenimiento sobre algo tan especial para mÃ.
Tampoco es casual su coincidencia con la arrancada de otro año. Cada primero de
enero nos convida a marcar la diferencia. Y la escritura es como el hilo que me
permite hilvanar los sentimientos.
Tal parece que
sÃ; la felicidad no depende de un estado material, sino de la actitud ante la
vida. El reto de andar por esta aventura con su tránsito indefinido. Sembrar
una noche, por ejemplo, una semilla de éxtasis y recibir más tarde un llanto de
alegrÃa. Uno que se vuelve eterno desde el instante que nace.
Es
indescriptible su poder para transformar las cosas. Lo digo con esta dicha que
me envuelve con el momento que vivo. Todo me ha cambiado por segunda vez.
Nuevamente las "malas noches", que no son tan malas si aparece un
beso. Y el tiempo que se escurre. Como el agua entre las manos, sin poderlo
detener. El amor que crece y se empuja entre mis brazos para hacerse sentir. O
el eructo se transforma en alivio, no asà en obscenidad. Eso no, porque de la
pureza y la ingenuidad nada malo podemos esperar.
Su corazoncito
que se agita con el mÃo, mientras lo elevo en mi hombro para susurrarle una
canción. "Los pollitos dicen", "una paloma blanca", u otras
de las tantas que me enseñó abuela. La suya espera impaciente para verlo de
verdad. Hace casi dos meses que lo conoce sólo por Internet. Ella y mi familia
de allá han visto sus ojos expresivos, el abundante pelo, y su risa sin
dientes por medio de WhatsApp. En tanto, él amanece casi todos los dÃas pegado
a su alimento, bajo el confort de mamá, privatizando las partes que una noche
fueron mÃas. ¡Todo por un hijo! Las muecas y los saltos de payaso. La ropa
humedecida tras uno de sus pujos, las acrobacias en la esquina de la cama por
el temor a aplastarlo. Eso y más, mucho más, que se vuelve nada por la causa
del amor.
Ernesto llegó
como el 2020 para mÃ, con mucha fuerza y salud. Deseos no nos faltan para
seguir el viaje. Ahora estamos juntos. Delante un mundo entero que descubrir
para los dos. A pesar de la edad. Su mente, casi virgen, no para de captar
señales. La mÃa tampoco.

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