Los juegos de
mi época enseñaban más. Mucho más que los de ahora. Es una percepción. Y de
seguro también tuya si naciste antes del dos mil. Aquel trompo dando vueltas y
al final caÃa. Con las marcas de otros trompos, el polvo del camino. Los niños
aprendÃan con él enrollado en la cabuya, después lanzado a bailar. La misma
danza de siempre: dando vueltas sobre un eje. O en la mano de su dueño, en una
palma diminuta. Con una punta de acero y su vuelta final. Yo también aprendÃ
asÃ. Aunque no lo supe hasta después. Ahora que soy hombre entiendo más. Lo
digo por los recuerdos que me llevan hacia el pueblo de mi infancia, y las
risas de amigos, mataperreando juntos por el barrio.
Las tardes
inolvidables del topao' o las escondidas. CorrÃamos hasta más no poder. El que
se quedaba no podÃa vernos, y menos tocarnos. Algunos aplican estos juegos ya
de grandes. De otra forma, claro. Se esconden en silencio, o caminan con sigilo
para llegar adonde van. No lo dudes, lo que se aprende de niño se practica de
grande.
Como el
cachumbambé, con sus altas y bajas por el peso de los otros influyendo sobre
ti. SubÃas si el contrincante era delgado. Todo se veÃa mejor desde allá. Pero
cuando el del frente era más fuerte, un peje gordo en verdad, no parabas hasta
el suelo.
En mis tiempos
jugar era distinto. También el contacto con los otros y el ejercicio del
cuerpo. La soga tirada entre dos bandos para tener al más poderoso. O el juego
de la gallinita, o el "gallito" ciego, para ser más preciso. En ese
te tapaban los ojos y tenÃas que dar vueltas antes de empezar. Quien no ha dado
vueltas en esta vida de adultos. Quizá como el pescao' en nevera: con los ojos
abiertos y sin ver nada. O no le interesa hacerlo.
Hay otro que les
encantaba a las niñas: el de la tacha o el pon, también conocido por Rayuela.
Recuadros pintados en el piso, con números sucesivos. La pieza que debÃas tirar
y hacer coincidir con tu nivel. Luego el camino de ida, saltando en uno o dos
pies. Sortear obstáculos para coger la pieza, llegar al final y volver. Un
juego interesante al que le encuentro varias lecturas. Más, luego de leer el
libro de Julio Cortázar que lleva el mismo nombre. Una joya de la
interpretación. Tú debes tener otra lectura de Rayuela y los juegos que
viviste. Pero, tu hijo tal vez sea como la mÃa. Ellos se parecen más a sus
tiempos que a nosotros.
Ahora van
volcados sobre la butaca, con una pierna inquieta y la mente sedentaria. El Tablet
entre las manos. Acarician con los dedos un cristal para sentirse entretenidos.
Dicen que juegan. Y tú intentas cien veces enseñarle otro mundo, pero el
celular puede más. Por eso aprenden menos con ideas simuladas. Su realidad es
un bullying potencial.

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