Me
hice ingeniero, pero pude haber sido piloto. «Todos los caminos conducen a
Roma». Asà como lo lees. Por eso hay otros senderos que también me llevan hasta
ti, y a lo que intento ser: la locución, escribir, el servirle a los demás…
Me
parece que no has entendido demasiado. Mejor te explico.
Dicen
que uno llega a este mundo con un destino marcado. Uno que está escrito sin
importar las acciones. No estoy de acuerdo. SÃ, hay una sentencia trazada: «del
polvo surgimos y hacia el polvo vamos». Esa es la única verdad. Lo demás
depende de tus actos. Estar apto, sobre todo, para descifrar los códigos camuflados
entre la cotidianidad. Lo de Roma y su avenida viene por ahÃ. De seguro ya
tienes una pista.
Mira,
emprendemos el viaje en igualdad de condiciones. Al principio es como un juego.
Lo que cambia es la forma de andar y las brisas que abultan o desinflan las
velas de tu barco. Luego, la experiencia se encarga del resto y el tiempo
comienza a retroceder. Siempre ocurre asÃ. Ahà los hechos se agolpan, la visión
se empaña. No se anda con mucho juego, y se corrompen los sueños. Entonces aparecen
los «desvÃos» y «callejones sin salida». Se pierde Roma del horizonte.
No
importa lo que estudies, si tienes dientes dorados, o un solo par de zapatos. La
voz es la misma. No distingue entre cuellos blancos o manos callosas. El lugar
donde intentas llegar, después de atravesar montes de incomprensiones, o
montañas de esfuerzos, desde el primer llanto hasta la tumba, es el mismo. Es
la Roma verdadera, o la Habana, Santiago, ¡o adonde quieras volver!
SÃ,
leÃste bien: ¡volver! Porque un dÃa saliste de allÃ. No se trata de cumplir un
objetivo o encontrarte un sentido. El sentido va contigo, pero lo confundes.
Piensas que hay cosas más necesarias. Y se te olvida que todo surgió de la
misma semilla: ¡el amor!

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